habermas and legitimation

La jaula de la legitimidad

Parte I. De la teoría del discurso de Habermas a la crítica de la hegemonía gramsciana

Resumen: Este artículo integra las críticas sistemáticas a la teoría de la legitimidad de Habermas con la distinción, desarrollada en la tradición gramsciana, entre “consentimiento” y “consenso”, y con el concepto de “aquiescencia pragmática”, que encuentra su base microsociológica en los estudios de James Scott sobre el campesinado. La tesis central es que, en las condiciones del capitalismo tardío, la conformidad de los ciudadanos con el orden político adopta cada vez más la forma de una adaptación instrumental —aquiescencia pragmática ante la ausencia de alternativas viables— y no la de un consenso normativo genuino. La confusión entre ambas categorías constituye la niebla ideológica más fundamental de la teoría contemporánea de la legitimidad. Se argumenta además que la crítica “reconstructiva” que Habermas propone —trabajar dentro del marco del sistema extrayendo sus “partículas de racionalidad”— no puede disipar esa niebla, porque presupone que existen recursos normativos internos que en realidad pueden ser parte constitutiva del orden hegemónico. La crítica genuina exige salir de la caverna: establecer un punto de apoyo en el exterior del sistema, o al menos en sus márgenes, desde el cual construir una contrahegemonía.

Palabras clave: Habermas, crisis de legitimación, Gramsci, hegemonía, aquiescencia pragmática, alienación, contrahegemonía

I. Introducción: un problema mal planteado

La teoría política contemporánea enfrenta una perplejidad persistente: ¿por qué, mientras la confianza en las instituciones políticas cae a mínimos históricos, el orden político no se derrumba? Habermas predijo en Problemas de legitimación en el capitalismo tardío (1973) que el capitalismo tardío enfrentaría una reacción en cadena: de la crisis económica a la crisis de racionalidad, de ahí a la crisis de legitimación y finalmente a la crisis de motivación, poniendo en peligro la integración social misma (Habermas 1973; 1975). Medio siglo después, aunque los indicadores de confianza se han desplomado, la crisis de motivación no se ha materializado en la forma que él anticipó (OECD 2024; Cevipof 2026a).

Este artículo sostiene que esta “profecía incumplida” no revela una limitación en la capacidad predictiva de Habermas, sino una confusión más profunda en su marco teórico: confunde la aquiescencia pragmática con el consenso normativo, la conformidad por ausencia de alternativas con la identificación producida a través del discurso. La sospecha no es nueva: ya a comienzos de los años ochenta, Held objetó que la estabilidad de las sociedades capitalistas avanzadas descansaba menos en la integración normativa que en la fragmentación de la experiencia y en una “aquiescencia pragmática” ante el statu quo (Held 1982; véase también Mann 1970; Abercrombie, Hill y Turner 1980). El artículo procede en cuatro partes. La sección II examina las tensiones internas de la teoría habermasiana. La sección III desarrolla la distinción entre consentimiento y consenso desde la perspectiva gramsciana. La sección IV argumenta por qué la crítica interna no tiene futuro. La sección V concluye con las implicaciones para la teoría crítica.

II. Las tensiones internas de la teoría de la legitimidad de Habermas

2.1 El ideal normativo del discurso

La tesis central de Habermas es que la legitimidad del derecho reside en su propio proceso de generación discursiva. Una ley legítima debe poder obtener el asentimiento racional de todos los afectados mediante un discurso racional entre ciudadanos libres e iguales (Habermas 1998). En Facticidad y validez, busca reconciliar la autonomía privada con la autonomía pública, haciendo del procedimiento democrático la fuente normativa de la legitimidad (Habermas 1998).

El atractivo de esta propuesta radica en que rechaza reducir la legitimidad a una creencia puramente empírica (Weber 1964) y también reducirla a un procedimiento puramente sistémico (Luhmann 1969). Pero asume una carga pesada: debe demostrar que, en las condiciones políticas reales, el discurso racional no solo es posible, sino que efectivamente ocurre. Incluso autoras cercanas al proyecto deliberativo han advertido que la legitimidad no puede delegarse en atajos institucionales que sustituyan la participación efectiva de los ciudadanos, lo que hace todavía más visible la distancia entre el ideal discursivo y la práctica política existente (Lafont 2020).

2.2 La crítica de Mouffe: la indeseabilidad del consenso

La crítica de Chantal Mouffe a la democracia deliberativa constituye el desafío normativo más sistemático que enfrenta la teoría de Habermas (Mouffe 1999; 2000). Desde la perspectiva de la democracia agonística, Mouffe cuestiona radicalmente esta carga. Señala que Habermas depende de una suposición ingenua: que la competencia y la lucha políticas se desarrollan en forma de argumentación racional y tienen como objetivo el consenso. Pero perseguir un “consenso racional sin exclusiones” es fundamentalmente imposible e indeseable (Mouffe 2000). La esencia de la política no es el diálogo racional, sino el agon (la contienda), cuya raíz reside en la dimensión antagónica de las relaciones sociales (Laclau y Mouffe 1985; Mouffe 2005). El partido en el poder no negocia su programa con la oposición, sino que simplemente lo implementa e impone su voluntad política a sus adversarios (Rasmussen 2022). Como alternativa, Mouffe propone la democracia agonística, que reconoce la inevitabilidad de la relación amigo-enemigo, pero exige que la contienda entre adversarios políticos se desarrolle dentro del marco de adhesión a las instituciones democráticas, transformando al enemigo en adversario (Mouffe 2005; 2013). Su fórmula es el “consenso conflictual”: las partes comparten ciertos principios democráticos básicos, pero mantienen un desacuerdo permanente sobre cómo interpretarlos (Mouffe 2000; 2013). La solución no es el consenso, sino el compromiso, entendido como resolución temporal hasta que el tema vuelva a plantearse.

Sin embargo, la propuesta de Mouffe enfrenta sus propias dificultades. Algunos autores señalan que su visión pluralista de la política tiene un problema con la distinción amigo-enemigo: la democracia agonística no solo no resuelve las dificultades de la democracia representativa, sino que introduce nuevos problemas, como el riesgo de política de poder y de inestabilidad democrática (Girgin y Yaşar 2026; Knops 2007). Además, desde una perspectiva poscolonial, se critica la política agonística de Mouffe por ser “modernista”, en tanto permanece dentro de la tradición histórica de las revoluciones democráticas occidentales; es esencialmente eurocéntrica, porque su objetivo no es desmantelar la democracia liberal sino transformarla desde dentro, lo que significa que “el punto de referencia comparativo y el estándar normativo” siguen siendo occidentales (Kapoor 2002; Conway y Singh 2011). Kapoor subraya, además, que ni Habermas ni Mouffe incorporan en sus teorías democráticas el peso de las condiciones materiales de existencia ni la herencia del colonialismo en las sociedades del Sur global (Kapoor 2002).

La democracia agonística carece también de claridad institucional: si el consenso equivale a borrar la diversidad, ¿cómo puede la sociedad trascender el conflicto? Los críticos señalan que los pluralistas terminan dependiendo de fuertes procedimientos participativos para gestionar el conflicto social, lo que los devuelve al camino del procedimentalismo (Erman 2009; Knops 2007).

2.3 La crítica de Fraser: la exclusividad de la esfera pública

Nancy Fraser, desde la sociología histórica y la teoría feminista, señala que la “esfera pública burguesa” que Habermas reconstruye es en realidad un espacio excluyente (Fraser 1990; 1997; véase Habermas 1981). Mediante la “personalización” y la “familiarización” de ciertos temas, los excluye del debate público. Más importante aún, Fraser cuestiona la singularidad de la esfera pública y señala que históricamente los grupos subordinados han constituido “esferas públicas alternativas” o “contrapúblicos subalternos”, que son tanto un desafío como un complemento de la esfera pública dominante (Fraser 1990). La omisión de esta pluralidad por parte de Habermas hace que su modelo no pueda explicar la multiplicidad real de espacios públicos y sus relaciones de poder. La historiografía de la esfera pública ha confirmado esta objeción al documentar la existencia de públicos plebeyos, obreros y femeninos que se constituyeron en conflicto con el público burgués (Eley 1992; Negt y Kluge 1972), y el propio Habermas reconoció posteriormente el peso de estas exclusiones (Habermas 1992).

2.4 La crítica de Scheuerman: el vacío institucional

William Scheuerman señala un defecto técnico más letal: en Facticidad y validez, el derecho se describe como un transformador que convierte el “poder comunicativo” en “poder administrativo” (Habermas 1998; Scheuerman 1999). Pero esta posición es incompatible con la distinción entre sistema y mundo de la vida que Habermas había formulado antes en Teoría de la acción comunicativa. En esta última, el derecho y el sistema administrativo se describen como “un bloque de socialidad más o menos libre de normas” (Habermas 1987; Scheuerman 1999). El punto central de Scheuerman es que Habermas no ofrece ningún detalle sobre dónde se ubica institucionalmente esta conversión ni sobre cómo opera, de modo que su teoría oscila entre el radicalismo democrático y la resignación ante la complejidad administrativa (Scheuerman 1999; 2008).

III. Del consenso a la aquiescencia: la legitimidad desde la perspectiva gramsciana

3.1 Hegemonía y consentimiento: la distinción central

La teoría de la hegemonía de Gramsci ofrece un marco con mayor poder explicativo que el modelo discursivo de Habermas para comprender el funcionamiento real de la legitimidad. El núcleo de la hegemonía no es la coerción, sino el consentimiento: un consentimiento “espontáneo” producido históricamente por el prestigio que el grupo dominante disfruta debido a su posición y función en el mundo de la producción (Gramsci 1971; 1981–2000). La hegemonía combina fuerza y consentimiento, pero su ejercicio “normal” exige que la fuerza aparezca respaldada por el consentimiento de la mayoría (Gramsci 1971; Femia 1981).

A partir de Gramsci, la tradición interpretativa ha introducido una distinción crucial: consentimiento (consent) frente a consenso (consensus) (Femia 1981; Lears 1985; Zeitoun y Warner 2006; Grandi 2016). El consentimiento es una aceptación psicológica o mental, a menudo implícita, parcial e incluso basada en el miedo a alternativas desconocidas; en palabras de Lears, se trata de una “conciencia contradictoria” que mezcla aprobación y apatía, resistencia y resignación (Lears 1985). Puede ser consentimiento a un régimen democrático o a un régimen totalitario. El consenso tiene un carácter más voluntario; se define como “la creencia de que las demandas de conformidad son más o menos justas y apropiadas” (Grandi 2016; Zeitoun y Warner 2006). Esta distinción, que en italiano queda recubierta por un único término (consenso), permite reconocer grados de aceptación que van desde la resignación ante lo que parece inevitable —un “consentimiento aparente”— hasta la plena interiorización de los valores dominantes (Zeitoun y Warner 2006; Femia 1981).

La importancia política de esta distinción es profunda: el consentimiento puede ser fabricado; el consenso debe ser ganado.

3.2 Aquiescencia pragmática: Scott y la conciencia campesina

La investigación de James Scott sobre el campesinado del sudeste asiático proporciona la base micro para comprender el funcionamiento real del “consentimiento” (Scott 1976; 1985). Scott descubrió que la sumisión que los pobres muestran ante relaciones sociales y políticas opresivas a menudo no se debe a que consideren esas relaciones como justas, sino a una “resignación pragmática”: una comprensión más o menos racional de lo que es alcanzable en una situación dada y una evaluación aguda del riesgo de la rebelión abierta (Scott 1985). Esta resignación es la forma microsociológica de lo que Held y Mann describieron en el plano macro como aquiescencia o aceptación pragmática (Held 1982; Mann 1970).

La raíz de esta sumisión no es la interiorización ideológica, sino la “coacción sorda de la vida cotidiana”, expresión con la que Scott retoma la “coacción sorda de las relaciones económicas” de Marx (Scott 1985; Marx 1976). Los campesinos no ignoran que la ideología de los gobernantes es falsa, pero saben que desafiarla no es rentable. Scott utiliza la distinción entre “discurso público” (public transcript) y “discurso oculto” (hidden transcript) para explicar esto: ante el poder, los pobres representan sumisión; fuera del poder, expresan descontento (Scott 1990).

3.3 El peligro de la confusión: cuando la aquiescencia se disfraza de consenso

Susan Stokes, al discutir a Scott a partir de su investigación en las barriadas de Lima, señala una dificultad metodológica de este marco, pero también revela su poder teórico (Stokes 1991; 1995). Señala que Scott libera a los pobres del papel de “engañados”, pero puede empujar a los ricos a ese papel. Más importante aún, plantea una pregunta clave: ¿cómo distinguir la sumisión pública al poder de la verdadera interiorización de la ideología dominante (Stokes 1991)? Su propio estudio del caso peruano muestra que la hegemonía puede persistir junto a una contrahegemonía emergente en la conciencia de los mismos sectores populares (Stokes 1991; 1995).

Esta es precisamente la cuestión central de la teoría de la legitimidad. El marco teórico de Habermas asume implícitamente que, si la sociedad es estable, debe existir algún grado de consenso normativo; de lo contrario, el sistema colapsaría (Habermas 1975). Pero si Scott tiene razón, la estabilidad puede basarse únicamente en la aquiescencia: las personas se conforman no porque crean, sino porque no ven alternativas o porque el costo de la resistencia es demasiado alto (Scott 1990; Abercrombie, Hill y Turner 1980).

En tales condiciones, las “partículas de racionalidad” que Habermas busca pueden no existir en absoluto o, incluso si existen, pueden ser solo parte del orden hegemónico: un espacio de disenso estrictamente limitado que el sistema permite para reproducirse a sí mismo. Es lo que Marcuse había denominado “tolerancia represiva”, la admisión de la crítica en la medida en que no amenaza las relaciones de poder que la toleran (Marcuse 1965; 1968).

IV. Fuera de la caverna: por qué la crítica interna no tiene futuro

4.1 La trampa de Habermas: buscar la razón dentro del sistema

El método de Habermas puede describirse como una “crítica inmanente”: no impone estándares normativos desde fuera, sino que intenta “reconstruir” el potencial racional ya existente en las prácticas actuales (Benhabib 1986; Honneth 2009; Jaeggi 2018). Su teoría se presenta como una reconstrucción racional de las “partículas de razón existentes”, y no como dependiente de un optimismo de filosofía de la historia (Habermas 1998).

La implicación política de esta estrategia es clara: pretende mejorar el sistema, no subvertirlo. El objetivo de Habermas es hacer que la democracia capitalista realice mejor sus propias promesas —más participación, un discurso más auténtico, una esfera pública más efectiva—. Nunca abogó por abolir el sistema mismo (Habermas 1998; Scheuerman 1999).

Pero esta estrategia enfrenta una dificultad fundamental: si las “partículas de racionalidad” son en sí mismas productos de la selectividad del sistema —si existen precisamente porque no amenazan las relaciones centrales de poder—, entonces “reconstruirlas” solo refuerza las formas de disenso que el sistema permite, sin desafiar el sistema mismo. Offe mostró que las instituciones políticas del Estado capitalista operan precisamente mediante esa selectividad, filtrando qué demandas pueden acceder a la agenda y cuáles quedan sistemáticamente excluidas (Offe 1974; véase también Marcuse 1968).

4.2 La alternativa gramsciana: guerra de posición y contrahegemonía

El concepto de “guerra de posición” de Gramsci ofrece una estrategia fundamentalmente diferente. A diferencia de la “guerra de movimiento” (la toma directa del poder estatal), el objetivo de la guerra de posición es deconstruir la base ideológica del orden hegemónico existente y construir un “bloque histórico” alternativo (Gramsci 1971; Anderson 1976; Thomas 2009).

La intuición central de Gramsci es que la mera toma del poder no produce necesariamente transformación social. La transformación genuina requiere “desmantelar el sistema de normas y creencias del que depende el orden actual, y ofrecer nuevos valores, un nuevo sentido común, y finalmente una nueva hegemonía” (Kluijver 2023; véase Gramsci 1971). Esto significa que la práctica contrahegemónica no puede limitarse a “presentar mejores argumentos” dentro del sistema existente, sino que debe crear un nuevo marco cultural y social en el que el “sentido común” del orden existente comience a parecer antinatural, irracional e insostenible (Gramsci 1971; Fonseca 2016).

Solo cuando suficientes actores “dejan de creer y defender los valores hegemónicos”, los hegemones se ven obligados a recurrir a amenazas, promesas o violencia para ejecutar su voluntad, perdiendo así gradualmente su posición de liderazgo hegemónico (Grandi 2016; Zeitoun y Warner 2006). Gramsci describió este momento como una “crisis de autoridad”: cuando la clase dominante ha perdido el consenso, ya no es “dirigente”, sino únicamente “dominante”, detentadora de la pura fuerza coercitiva (Gramsci 1971).

4.3 Salir de la caverna: implicaciones teóricas

El núcleo de la alegoría platónica de la caverna reside en que los prisioneros no pueden reconocer, desde dentro de la caverna, que lo que ven son solo sombras. Necesitan ser sacados de la caverna —deben experimentar un proceso de transformación doloroso y violento— para ver el mundo real (Platón 1988, libro VII).

Si aplicamos esta alegoría a la teoría de la legitimidad, la posición de Habermas puede entenderse como una estrategia reformista dentro de la caverna: intenta que los prisioneros comprendan mejor las sombras, quizás incluso mejorar la calidad de las sombras mediante una discusión más racional. Pero nunca cuestiona la caverna misma.

La posición de Gramsci exige salir de la caverna: no mediante la ilustración filosófica individual (como imaginaba Platón), sino mediante una práctica contrahegemónica colectiva —mediante la construcción de esferas públicas alternativas, instituciones alternativas de producción de conocimiento y un “sentido común” alternativo— para desmantelar la base ideológica del orden hegemónico existente (Gramsci 1971; Fraser 1990; Negt y Kluge 1972).

El peligro de esta estrategia es evidente. Puede conducir a la “política de poder y la inestabilidad democrática” que los críticos de Mouffe advierten (Knops 2007; Girgin y Yaşar 2026). Puede ser utilizada por el populismo reaccionario en lugar de conducir a una política emancipadora, como ya mostró el propio análisis gramsciano del fascismo y de la revolución pasiva (Gramsci 1971; Morton 2007). Puede simplemente reemplazar una hegemonía por otra. Pero estos peligros no significan que la crítica interna sea una alternativa segura; solo significan que salir de la caverna nunca ha sido una empresa sin riesgos.

V. Conclusión: el futuro de la legitimidad y la apuesta de la crítica

El argumento central de este artículo puede resumirse en tres proposiciones.

Primera, la teoría de la legitimidad de Habermas confunde la “aquiescencia pragmática” con el “consenso normativo”. La estabilidad no significa necesariamente consentimiento, y mucho menos consenso. Puede significar simplemente que no se ven alternativas o que el costo de la resistencia es demasiado alto (Scott 1990; Held 1982). Habermas interpreta la ausencia de una crisis de motivación como evidencia de que el sistema aún posee suficientes recursos normativos, pero una interpretación más razonable es que el sistema ha aprendido a mantener la estabilidad sin consenso normativo (Abercrombie, Hill y Turner 1980; Mann 1970).

Segunda, la crítica “reconstructiva” dentro del sistema no puede disipar la niebla de la legitimidad. Si las “partículas de racionalidad” son en sí mismas productos de la selectividad del sistema, “reconstruirlas” solo refuerza las formas de disenso que el sistema permite (Offe 1974; Marcuse 1965). La apuesta de la teoría crítica —que existen suficientes recursos racionales dentro del sistema para impulsar su autotrascendencia— es cuestionable tanto empírica como teóricamente.

Tercera, salir de la caverna es necesario, pero sus riesgos no pueden subestimarse. La estrategia gramsciana de la guerra de posición ofrece una dirección alternativa: no tratar de “ganar la discusión” dentro del sistema existente, sino construir un bloque histórico alternativo que desmantele la base del orden hegemónico mediante prácticas culturales y sociales (Gramsci 1971; Thomas 2009). Pero esta estrategia también enfrenta el riesgo de ser cooptada, distorsionada o utilizada por fuerzas reaccionarias (Morton 2007).

En última instancia, la teoría crítica enfrenta una elección que no es entre “mejora interna segura” y “aventura revolucionaria peligrosa”. Enfrenta una elección sin elección: o aceptar la perpetuación de la niebla de la legitimidad, o aventurarse a salir de la caverna. Lo primero significa la autocancelación de la teoría crítica, que se convierte en parte de la reproducción del sistema; lo segundo significa enfrentar un futuro abierto e incierto, que puede conducir a la liberación o a una nueva servidumbre.

La apuesta de la crítica reside precisamente en esto.

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La jaula de la legitimidad

Parte II. Francia, Gramsci y la dimensión psicológica de la aquiescencia

Resumen: Este artículo aplica el marco desarrollado en la Parte I a un caso concreto: Francia. La tesis central es que la caída contemporánea de la confianza política en Francia no constituye una crisis de legitimidad en el sentido clásico, sino un fenómeno más inquietante: los ciudadanos mantienen un apego fuerte al ideal democrático (82 %) mientras retiran masivamente su consentimiento al funcionamiento real de las instituciones. Desde la perspectiva gramsciana, Francia se encuentra en un momento de “crisis hegemónica pasiva”: el viejo consenso se ha desintegrado, pero no ha emergido una contrahegemonía coherente. Desde la psicología de la justificación del sistema, esta condición persiste porque la racionalización del statu quo cumple una función paliativa: reduce la ansiedad ante una situación que el individuo percibe como inevitable. El resultado es una combinación inestable de baja confianza, baja resistencia y alta disposición a la salida.

Palabras clave: Francia, legitimidad, Gramsci, hegemonía, aquiescencia pragmática, justificación del sistema, crisis pasiva

I. Francia: anatomía empírica de una erosión

1.1 Los datos de la confianza en mínimos históricos

El Barómetro de la Confianza Política del Cevipof de 2026 registra mínimos históricos. Solo el 22 % de los franceses declara confiar en la política, cuatro puntos menos que el año anterior (Cevipof 2026a). La confianza en la Asamblea Nacional es del 20 %, el nivel más bajo desde la creación del barómetro en 2009; en el gobierno, del 17 %; en la institución presidencial, del 22 %, y la popularidad del presidente Macron ha caído a 2,4 sobre 10 (Cevipof 2026a; 2026b). Los partidos políticos recogen apenas un 15 % de confianza (Cevipof 2026a). El 78 % de los franceses desconfía de la política, una proporción superior a la de Alemania (55 %), Italia (60 %) y el Reino Unido (56 %) (Cevipof 2026a).

Los datos de Gallup de 2025 confirman la tendencia. La confianza en el gobierno nacional cayó 13 puntos hasta el 29 %; la confianza en la honestidad de las elecciones cayó 13 puntos hasta el 51 %, y la confianza en el sistema judicial cayó 9 puntos hasta el 50 % (Gallup 2025). Ningún otro país de la Unión Europea experimentó en 2025 una caída tan pronunciada en el promedio de confianza en sus instituciones nacionales. La aprobación de Macron alcanzó un mínimo histórico del 28 %, menos de la mitad del 61 % de su primer año de mandato en 2017 (Gallup 2025).

Un indicador particularmente revelador es la disposición a la salida. El 27 % de los adultos franceses afirma que emigraría permanentemente si tuviera la oportunidad, más del doble que el 11 % del año anterior, un aumento anual casi sin parangón desde que Gallup comenzó a formular la pregunta en 2007 (Gallup 2025). Entre quienes confían en una o ninguna de las instituciones nacionales medidas, esa proporción se eleva al 49 % (Gallup 2025).

1.2 La paradoja clave: apego a la democracia y rechazo a su funcionamiento

El rasgo más llamativo del caso francés es una paradoja profunda. El 82 % de los franceses sigue considerando que tener un sistema democrático es algo bueno para gobernar el país, una proporción estable año tras año (Cevipof 2026a; 2026b). Pero simultáneamente, el 76 % considera que la democracia funciona mal en Francia, el nivel más negativo desde 2009 (Cevipof 2026b). Solo el 23 % estima que funciona bien, frente al 42 % en Alemania, el 35 % en Italia y el 31 % en el Reino Unido (Cevipof 2026c). La encuesta Fractures françaises de Ipsos coincide: el 81 % tiene la impresión de que el sistema democrático funciona mal y de que sus ideas no están representadas (Ipsos 2025).

En otras palabras, los franceses no rechazan la democracia en sí, sino esta democracia, la que opera bajo la Quinta República. Cerca del 60 % cree que se necesita cambiar la Constitución para reformar profundamente el sistema político actual (Cevipof 2026b). El 43 % considera que “en democracia nada avanza; preferiría menos democracia y más eficacia”; entre los votantes de Marine Le Pen, esa proporción alcanza el 63 %, aunque la comparten también el 39 % de los votantes de Emmanuel Macron y el 31 % de los de Jean-Luc Mélenchon (Cevipof 2026b; Le Monde 2026). El 36 % llega a desear “un hombre fuerte que no tenga que preocuparse del Parlamento ni de las elecciones” (Cevipof 2026b). Al mismo tiempo, el 72 % cree que la democracia funcionaría mejor si los ciudadanos participaran más directamente en las decisiones, y el 79 % reclama un uso más frecuente del referéndum (Cevipof 2026a; 2026b). Esta coexistencia de demandas autoritarias y participativas es característica de lo que Rosanvallon denominó “contrademocracia”: una ciudadanía que no se retira de lo político, sino que traslada su energía a la vigilancia, el veto y el juicio sobre los gobernantes (Rosanvallon 2007).

El Cevipof capta con precisión esta lassitude démocratique: el 45 % de los encuestados expresa cansancio (lassitude), cinco puntos más que el año anterior, en igual proporción que la desconfianza (méfiance), mientras que solo el 7 % declara entusiasmo (Cevipof 2026c; 2026e). Se trata de un distanciamiento activo, no de una aceptación pasiva. La ira no ha desaparecido —un 43 % se declara “en colère et contestataire” en Fractures françaises (Ipsos 2025)—, pero convive con un agotamiento que no encuentra cauce. Los franceses no están convencidos; simplemente están agotados.

1.3 La fractura entre lo local y lo nacional

Una excepción crucial es el nivel local. El 60 % de los franceses sigue confiando en su alcalde, una proporción estable durante años (Cevipof 2026a). La Enquête électorale française realizada por Ipsos para el Cevipof en vísperas de las elecciones municipales de 2026 eleva esa cifra al 69 % (Cevipof 2026d). El alcalde es “el último actor político que aún tiene crédito”, y la proximidad funciona como “refugio” frente a la desconfianza nacional (Cevipof 2026a).

Esta fractura es significativa. Indica que la erosión de la legitimidad se concentra en el nivel nacional, donde el conflicto partidista es más intenso y donde los ciudadanos sienten que tienen menos capacidad de influir en los resultados. La confianza en el gobierno local se preserva precisamente porque parece “más cercano”, “más útil” y menos contaminado por la lucha partidista nacional. El mismo patrón se observa en el conjunto de la OCDE, donde la confianza en los gobiernos locales supera sistemáticamente a la confianza en los gobiernos nacionales (OECD 2024).

1.4 La extrema derecha como vehículo de legitimidad alternativa

Paralelamente, la imagen del Rassemblement National (RN) mejora de forma sostenida. El 47 % de los franceses considera que el RN “es capaz de gobernar el país”, tres puntos más que el año anterior, y el 42 % lo considera el partido más cercano a sus preocupaciones (Ipsos 2025). La proporción que lo ve como “un peligro para la democracia” cae al 49 %, y quienes lo consideran “xenófobo” al 47 %, los niveles más bajos desde que comenzó la encuesta en 2014 (Ipsos 2025). Investigaciones sobre el voto populista en Francia muestran que esa preferencia se asocia más a la desconfianza interpersonal e institucional que a la mera posición socioeconómica (Algan et al. 2019).

Esto no significa que los franceses “crean” en el RN. Significa, más bien, que ya no tienen razones suficientes para no creer en él. Cuando las reservas de legitimidad del orden existente se agotan, la alternativa no necesita ser “confiable”: solo necesita no ser descartada. La mejora del RN es menos un reconocimiento positivo que un subproducto del rechazo a la clase política existente.

II. Profundización gramsciana

2.1 Hegemonía, consentimiento y consenso

La distinción conceptual central del marco gramsciano es crucial aquí. La hegemonía no es coerción simple, sino “dominio mediante la persuasión”. Depende del “consentimiento” de los gobernados, pero ese consentimiento no es aceptación pasiva: se gana activamente mediante la “dirección intelectual y moral” en la sociedad civil (Gramsci 1971; Fonseca 2016; Stanford Encyclopedia of Philosophy 2023).

Sin embargo, la tradición gramsciana distingue entre consentimiento y consenso. El consentimiento puede ser “pasivo o indirecto”; el consenso tiene un carácter más voluntario (Femia 1981; Lears 1985). En este marco, la crisis del orden hegemónico no se manifiesta necesariamente como rebelión abierta. Puede manifestarse como retirada del consentimiento: cuando suficientes actores “dejan de creer y defender los valores hegemónicos”, los hegemones se ven forzados a recurrir a amenazas, promesas o violencia (Zeitoun y Warner 2006; Grandi 2016).

La situación francesa actual se ajusta precisamente a este patrón. El 82 % sigue “apegado” a la democracia, pero se trata de un apego abstracto y formal. En el plano del funcionamiento real, el consentimiento se retira masivamente. El 87 % denuncia que los políticos no se preocupan por lo que piensa la gente; el 76 % los considera más bien corruptos, y solo el 20 % cree que intentan cumplir sus promesas (Cevipof 2026b).

2.2 Revolución pasiva, crisis orgánica y bloqueo estructural

El concepto gramsciano de “revolución pasiva” resulta explicativo. Designa una “transformación sin cambio”: el viejo orden se desintegra, pero no se ha formado un nuevo bloque histórico; el poder se reorganiza sin resolver las contradicciones fundamentales (Gramsci 1971; Morton 2007; Thomas 2009). Junto a él, Gramsci describió la “crisis orgánica” o “crisis de autoridad”: el momento en que las clases sociales se separan de sus partidos tradicionales, que dejan de ser reconocidos como su expresión, y en que la clase dirigente pierde el consenso aunque conserve el dominio (Gramsci 1971).

La Quinta República se encuentra en ese estado. El gaullismo había establecido un orden hegemónico específico: presidencia fuerte, gobierno mayoritario y “parlamentarismo racionalizado”. Ese orden, con la alternancia bipolar consolidada a partir de los años ochenta, funcionó de manera relativamente estable durante varias décadas. Pero desde las elecciones legislativas de 2022, que dejaron al gobierno sin mayoría absoluta, y sobre todo desde la disolución de la Asamblea Nacional en junio de 2024, su base estructural se ha desintegrado: ningún partido o bloque posee mayoría absoluta; los primeros ministros se suceden, y el gobierno depende de alianzas temporales y de instrumentos constitucionales —en particular el artículo 49, apartado 3— que a su vez son denunciados como “antidemocráticos” (Gallup 2025; Le Monde 2026). El 80 % de los franceses considera que el gobierno “navega a la vista” (Cevipof 2026a).

Lo decisivo es esto: la vieja hegemonía ha muerto, pero ninguna hegemonía nueva ha tomado su lugar. Es la situación que Gramsci describió con una fórmula célebre: “la crisis consiste justamente en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer; en este interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados” (Gramsci 1971; 1981–2000). El Rassemblement National está llenando el vacío ideológico, pero aún no ha logrado constituirse como dirigente de un “bloque histórico”: su mejora depende más del declive de sus adversarios que de su propia capacidad de persuasión. El 49 % aún lo considera un peligro para la democracia, lo que indica que su proceso de hegemonización está lejos de completarse (Ipsos 2025).

2.3 El papel de los intelectuales y la reconstrucción del “sentido común”

Gramsci asigna a los intelectuales un papel central en la producción de hegemonía: son los “empleados” del grupo dominante para el ejercicio de las funciones de hegemonía social y dirigen el consentimiento de las masas (Gramsci 1971). En Francia, la clase política y los medios dominantes constituyen los intelectuales tradicionales del orden, pero su crédito se ha derrumbado: los medios recogen apenas un 29 % de confianza (Cevipof 2026a). El 89 % de los franceses cree que los políticos “deberían tenerlos más en cuenta”; el 87 % considera que “no se preocupan por lo que piensan los ciudadanos” (Cevipof 2026b), y el 72 % declara no saber ya a quién creer en materia política (Cevipof 2026e).

Al mismo tiempo, están surgiendo estructuras intelectuales alternativas. Las redes sociales, los medios alternativos y partidos como el RN producen un “sentido común” alternativo. Los franceses ya no obtienen su comprensión del mundo del discurso político dominante: la obtienen de otro lugar, y ese “otro lugar” suele estar más dispuesto a reconocer su ira y su cansancio.

2.4 Guerra de posición y el futuro político francés

El concepto gramsciano de “guerra de posición” apunta a una lucha cultural y política de largo plazo cuyo objetivo no es la toma directa del poder estatal, sino la construcción de un bloque histórico alternativo (Gramsci 1971; Thomas 2009). En el contexto francés, esto significa disputar el “sentido común”: redefinir qué se considera “razonable”, “viable” y “digno de ser defendido”.

La Francia actual se encuentra en la fase inicial de esa guerra de posición. La hegemonía cultural del viejo orden se está desintegrando, pero la nueva aún no se ha consolidado. Es un momento abierto e inestable. El RN intenta ser el vehículo de la nueva hegemonía, pero su éxito dista de estar asegurado. La alternativa de izquierda (LFI, ecologistas, parte del PS) también está fragmentada y en recomposición, y La France Insoumise es percibida como peligrosa para la democracia por el 64 % de los franceses (Ipsos 2025). La intuición de Gramsci es que la hegemonía no se gana en el parlamento, sino en la sociedad civil, en la práctica cotidiana, en el campo del “sentido común” (Gramsci 1971; Fonseca 2016).

III. La dimensión psicológica: la “función paliativa” de la justificación del sistema

3.1 El núcleo de la teoría de la justificación del sistema

Si Gramsci explica “por qué se retira el consentimiento”, la teoría de la justificación del sistema (TJS) explica “por qué retirarlo es tan difícil, y por qué las personas a menudo siguen defendiendo un statu quo injusto” (Jost y Banaji 1994; Jost 2020).

La tesis central de la TJS es que los individuos poseen una motivación implícita para justificar y racionalizar el sistema social al que pertenecen, de modo que los arreglos sociales, económicos y políticos son percibidos como “justos y legítimos” incluso cuando perjudican sus propios intereses (Jost y Banaji 1994; Jost, Banaji y Nosek 2004). Los mecanismos incluyen la “prescriptivización” (injunctification), es decir, la tendencia a construir el statu quo como lo deseable (Kay et al. 2009); el uso de estereotipos complementarios para mantener la apariencia de “equidad” social (Kay et al. 2007), y la desvalorización de quienes violan las normas (Jost 2019).

3.2 La “función paliativa”: por qué racionalizar la injusticia beneficia psicológicamente

Uno de los hallazgos más cruciales de la TJS es que la justificación del sistema cumple una “función paliativa”. Justificar el statu quo —incluso un statu quo injusto— reduce la ansiedad, la culpa, la disonancia, el malestar y la incertidumbre (Jost y Hunyady 2003; 2005). Es un “analgésico” psicológico.

Esto explica una paradoja aparente: la confianza francesa se derrumba, pero la estabilidad política persiste. ¿Por qué? Porque la justificación del sistema proporciona una compensación psicológica: si no puedo cambiar el sistema, decirme a mí mismo que el sistema es “inevitable” o que “las cosas son así” al menos reduce mi sufrimiento (Jost y Hunyady 2003).

3.3 Control, inevitabilidad y los mecanismos psicológicos de la “aquiescencia”

La TJS identifica cuatro contextos que intensifican la motivación justificadora: la amenaza al sistema, la dependencia respecto del sistema, la imposibilidad de escapar de él (o su percepción como estable e inevitable) y la baja sensación de control personal (Kay y Friesen 2011; Friesen et al. 2019).

La situación francesa actual activa al menos tres de ellos. Primero, el bloqueo institucional de la Quinta República (parlamento sin mayoría, crisis gubernamentales recurrentes) genera una pérdida de control percibido, tanto individual como colectivo. Segundo, el 68 % cree que la corrupción gubernamental está generalizada, trece puntos más que el año anterior, lo que constituye una amenaza al sistema (Gallup 2025). Tercero, las crisis políticas recurrentes y la percepción de que “nada cambiará” están construyendo el estado actual como inevitable: el 43 % cree incluso que “en democracia nada avanza” (Cevipof 2026b). La dependencia, por su parte, se mantiene alta en un país donde la confianza en los servicios públicos de protección —hospitales (79 %), Seguridad Social (68 %)— sigue siendo elevada (Cevipof 2026a).

Cuando estas condiciones se satisfacen simultáneamente, la motivación de justificación del sistema se activa intensamente. Las personas comienzan a racionalizar aquello que no pueden cambiar. No es falsa conciencia, sino una respuesta psicológica adaptativa: cuando la salida no es viable y la protesta es demasiado costosa, la aceptación se convierte en la única estrategia disponible.

3.4 “Doble conciencia” y la tensión psicológica de la desigualdad

La TJS revela una tensión psicológica más profunda. Para los miembros de grupos desfavorecidos existe un conflicto entre la autojustificación, la justificación del grupo y la justificación del sistema (Jost, Banaji y Nosek 2004). W. E. B. Du Bois llamó a este estado “doble conciencia”: “dos almas, dos pensamientos, dos aspiraciones irreconciliables; dos ideales en lucha en un solo cuerpo oscuro” (Du Bois 2020; Jost 2020).

La clase trabajadora y las clases populares francesas —las más afectadas por la inseguridad económica, el deterioro de los servicios públicos y el abandono político— se encuentran en esta doble conciencia. Saben que el sistema les es desfavorable, pero al mismo tiempo dependen de la protección y el reconocimiento que el sistema les ofrece. Esta tensión no puede sostenerse indefinidamente. La TJS muestra que, cuando aumenta la saliencia de las motivaciones de autojustificación y de justificación grupal, los miembros de grupos desfavorecidos son más propensos a resistir el statu quo (Jost, Banaji y Nosek 2004; Jost 2019).

¿Está madurando esta condición en Francia? El hecho de que el 63 % de los votantes de Le Pen apoye “menos democracia y más eficacia” indica que una parte considerable ya ha abandonado su inversión en la justificación del sistema y busca una autoridad alternativa (Cevipof 2026b). No es una “resistencia” clásica, sino una retirada hacia soluciones más simples y autoritarias.

3.5 La síntesis de Gramsci y la psicología

El concepto gramsciano de “consentimiento” y la “función paliativa” de la TJS forman aquí una síntesis poderosa.

Gramsci explica cómo la hegemonía produce consentimiento: a través de la sociedad civil, el sentido común y los intelectuales. La TJS explica por qué el consentimiento persiste incluso ante la injusticia: porque racionalizar el statu quo tiene un efecto psicológico “analgésico” (Jost y Hunyady 2003).

La particularidad del caso francés es esta: el consentimiento en sentido gramsciano se está retirando, pero la justificación en sentido de la TJS sigue operando. Las personas ya no creen activamente que el orden político sea “bueno”, pero aún lo racionalizan como “inevitable” o “sin mejor opción”. Esta combinación produce un estado político singular: baja confianza, baja resistencia y alta disposición a la salida. El 27 % quiere abandonar Francia (Gallup 2025): es el rechazo último a la justificación del sistema, no mediante la resistencia, sino mediante la huida.

Este último dato tiene un alcance teórico preciso. En la tipología de Hirschman, la salida (exit) y la voz (voice) son las dos respuestas posibles ante el deterioro de una organización, y la lealtad es lo que retiene a los miembros cuando la salida es posible (Hirschman 1977). La investigación experimental de la TJS muestra, a su vez, que la percepción de que el sistema es ineludible —por ejemplo, cuando la emigración se percibe como imposible— intensifica su justificación, mientras que la apertura de oportunidades de salida la debilita (Laurin, Shepherd y Kay 2010). El salto del deseo de emigrar del 11 % al 27 % sugiere, por tanto, que para una fracción creciente de la población el sistema ha dejado de percibirse como ineludible, y con ello se erosiona una de las condiciones que sostenían la función paliativa.

Conclusión: Francia como paradigma de la “crisis hegemónica pasiva”

La situación política francesa actual se comprende mejor como una crisis hegemónica pasiva: las viejas formas del orden hegemónico se desintegran, pero ningún bloque histórico alternativo ni movimiento contrahegemónico se ha formado. El consentimiento de los ciudadanos se retira, pero esa retirada no se manifiesta como resistencia activa, sino como cansancio, distanciamiento y deseo de salida (Cevipof 2026a; Gallup 2025).

Desde la perspectiva gramsciana, Francia se encuentra en un momento abierto e inestable, un interregno en el que la hegemonía cultural del viejo orden ha muerto, pero la nueva aún no ha nacido (Gramsci 1971). Desde la TJS, este estado “suspendido” persiste porque la “función paliativa” de la justificación del sistema sigue operando: aunque las personas ya no creen, todavía racionalizan la inevitabilidad (Jost y Hunyady 2003; Kay y Friesen 2011).

Ambas teorías apuntan a la misma conclusión: este estado es inestable. Gramsci nos dice que cuando el consentimiento se retira y la nueva hegemonía aún no se ha formado, la coerción tiende a aflorar. La TJS nos dice que cuando la compensación psicológica de la justificación del sistema ya no basta para aliviar la ansiedad, las personas o encuentran una autoridad alternativa o estallan. Francia se encuentra en la encrucijada de estos dos caminos. El 82 % de apego a la democracia es la última línea de defensa; la cuestión es cuánto tiempo puede sostenerse.

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