ONG y el hombre bajo el neoliberalismo

Hegemonía cultural, modernización y el sujeto neoliberal: un análisis histórico-materialista de las ONG financiadas por el extranjero y la mercantilización de la fuerza de trabajo como capital humano

Resumen

Este artículo analiza el impacto de las organizaciones no gubernamentales (ONG) financiadas por el extranjero en las culturas nativas de los países objetivo a través de un marco histórico-materialista y dialéctico. Primero, reconoce el papel históricamente progresista de la modernización al desmantelar las relaciones opresivas feudales y coloniales. Sin embargo, argumenta que la fase contemporánea del capitalismo global —el neoliberalismo— ha alterado fundamentalmente esta trayectoria. El capitalismo ya había convertido la fuerza de trabajo en mercancía; bajo el neoliberalismo, el “capital humano” opera como una mistificación por la cual se hace creer a los trabajadores que su trabajo es un capital que pueden enriquecer mediante la educación, la formación y las habilidades, y luego vender con provecho. En realidad, sigue siendo una mercancía cuyo uso produce valor para otros, y la misma lógica se extiende al conjunto de los atributos del sujeto, que deben ser optimizados, comerciados e intercambiados. El artículo postula que las ONG financiadas por el extranjero actúan como conductos para esta formación de sujetos neoliberales. Para fundamentar esta tesis, recupera las categorías clásicas del materialismo histórico —base y superestructura, determinación en última instancia, fetichismo de la mercancía, subsunción del trabajo en el capital, exportación de capital, relación entre espontaneidad y conciencia, y autoemancipación de las clases trabajadoras— y las articula con la teoría gramsciana de la hegemonía, la crítica de la gubernamentalidad neoliberal y el concepto polanyiano de doble movimiento. Al examinar el espectro de la intervención de las ONG —desde organizaciones “benignas” que suplen a la sociedad civil orgánica hasta instrumentos “malignos” de cambio de régimen—, sostiene que, si bien la desestabilización abierta causa una devastación material aguda, el modelo sustitutivo “benigno” es estructuralmente más insidioso porque no reprime al sujeto: lo produce. Neutraliza de forma duradera la conciencia de clase, coopta la disidencia y sostiene la hegemonía capitalista global, lo que lo hace en última instancia más perjudicial para el potencial emancipador a largo plazo.

Palabras clave: materialismo histórico; dialéctica; hegemonía cultural; ONG; capital humano; imperialismo; NGOización; contrahegemonía; doble movimiento.

1. Introducción

La proliferación de ONG transnacionales, financiadas por aparatos estatales occidentales y fundaciones filantrópicas capitalistas globales, representa un mecanismo significativo de difusión ideológica. Un análisis histórico riguroso debe evitar romantizar el pasado: la transición de marcos feudales, agrarios o de colonialismo directo a las relaciones capitalistas modernas fue un desarrollo históricamente progresista. Destruyó jerarquías de castas rígidas, introdujo la igualdad legal formal y expandió enormemente las capacidades productivas de la sociedad, ofreciendo cierto grado de emancipación de la servidumbre precapitalista.

Esa transición, sin embargo, nunca fue un proceso puramente económico ni culturalmente neutro. Karl Polanyi mostró que la “gran transformación” que dio origen a la sociedad de mercado consistió en desincrustar la economía de las relaciones sociales que la contenían y en tratar como mercancías al trabajo, la tierra y el dinero, que no habían sido producidos para la venta. Subrayó, además, que el mercado autorregulado no surgió de manera espontánea: fue implantado deliberadamente mediante la acción del Estado, mientras que las reacciones protectoras de la sociedad brotaron de forma espontánea (Polanyi, 1944/2001). Su análisis del contacto colonial resulta especialmente pertinente para este artículo: la catástrofe de las comunidades nativas no se explica principalmente por la explotación económica en sentido estrecho, sino por la desintegración rápida y violenta de las instituciones culturales en que se inscribía la vida de sus miembros, que quedaban así sumidos en un vacío cultural que los volvía incapaces de defenderse (Polanyi, 1944/2001). La modernización es, desde su origen, un proceso de doble filo: libera de la dependencia personal y, en el mismo movimiento, somete a los seres humanos a la dependencia impersonal del mercado.

Antonio Gramsci permite comprender cómo se sostiene esa transformación una vez implantada. Allí donde la sociedad civil se ha desarrollado, el poder de la clase dominante no descansa solo en el Estado: este es apenas una trinchera avanzada, detrás de la cual se extiende un sistema robusto de fortificaciones formado por instituciones “privadas”. La dominación se ejerce combinando coerción y consentimiento, y el consentimiento se organiza mediante la dirección moral e intelectual de la sociedad (Gramsci, 1971). Gramsci describió también el transformismo: la absorción gradual y continua, por parte de la clase dirigente, de los elementos activos surgidos de los grupos aliados e incluso de los grupos antagónicos, absorción que equivale a la decapitación de sus adversarios sin necesidad de enfrentarlos abiertamente (Gramsci, 1971). Esta categoría anticipa con precisión el mecanismo que el presente artículo analiza en las ONG financiadas desde el exterior.

Sin embargo, la fase actual del capitalismo global —la financiarización neoliberal— ha introducido una nueva e insidiosa forma de alienación. Cuando las ONG financiadas por el extranjero promueven valores sociales posmaterialistas y progresistas (a menudo etiquetados por sus críticos como valores “woke”) en el Sur Global o en los espacios postsoviéticos, frecuentemente se encuentran con una feroz resistencia enmarcada como una defensa de los “valores tradicionales”. Este artículo argumenta que este choque cultural no es un rechazo a la modernización per se, sino una reacción dialéctica contra la mercantilización neoliberal del ser humano. Es un conflicto entre la demanda neoliberal del “empresario de sí mismo” atomizado y autooptimizador, y las estructuras comunales supervivientes, no mercantiles, de la base material local.

La pregunta que organiza el artículo es, por tanto, propiamente dialéctica: ¿en qué momento y por qué mecanismos la fuerza que en una fase histórica disolvió la servidumbre personal se convierte, en otra, en un obstáculo para el desarrollo de formas superiores de emancipación? La respuesta combina ambas perspectivas. Desde Polanyi, las ONG financiadas por el extranjero aparecen como agentes de una nueva oleada de desincrustación, que ya no alcanza solo al trabajo, la tierra y el dinero, sino a la persona misma. Desde Gramsci, aparecen como aparatos que organizan el consentimiento a esa desincrustación y absorben, mediante el transformismo, a los dirigentes que podrían encabezar la resistencia. El artículo sostiene que, en su forma predominante, estas organizaciones prolongan la vigencia de un orden que ya ha agotado su carácter progresista, y que lo hacen con mayor eficacia precisamente allí donde parecen más inofensivas.

2. Marco teórico: materialismo histórico, dialéctica y el sujeto neoliberal

Para comprender esta dinámica, el análisis se basa en un marco materialista ampliado:

  • La dialéctica de la modernización: el materialismo histórico reconoce que el capitalismo fue una fuerza revolucionaria en comparación con el feudalismo. Liberó al individuo de la dependencia personal (por ejemplo, la servidumbre) y la reemplazó por la dependencia objetiva del mercado. Si bien esto creó nuevas formas de alienación, también sentó las bases materiales para futuras y superiores formas de emancipación humana (Marx, 1859; Marx, 1857–1858/1971b).
  • La reducción neoliberal al “capital humano”: el capitalismo convirtió la fuerza de trabajo en mercancía desde su origen; el trabajador es, ante todo, un vendedor de fuerza de trabajo. La época neoliberal no suprime esa condición, sino que la mistifica y la extiende. Siguiendo la extensión de la alienación marxiana y la teoría crítica (Brown, 2015; Harvey, 2005), se hace creer al trabajador que su fuerza de trabajo es un “capital humano” de su propiedad, que puede enriquecer invirtiendo en educación y habilidades y luego vender con rendimiento, y la lógica de esa mercancía se proyecta sobre cada aspecto de la existencia —educación, salud, identidad, relaciones y moralidad—, que se reconfigura como componente de ese “capital” para ser invertido, optimizado y comercializado en el mercado. El yo queda así enteramente financiarizado.
  • Hegemonía gramsciana y la cooptación de la emancipación: las ONG sirven como aparatos de hegemonía cultural. Cooptan el lenguaje de la liberación, los derechos y el empoderamiento, despojándolo de su contenido anticapitalista o colectivo, y lo reempaquetan como un mandato para que los individuos se adapten y prosperen dentro del orden de mercado neoliberal.

2.1. Los fundamentos clásicos: base, superestructura y determinación en última instancia

Antes de examinar la hegemonía y la subjetividad, es necesario fijar el suelo categorial sobre el que descansa el argumento. El materialismo histórico parte de que, “en la producción social de su vida”, los seres humanos establecen relaciones de producción determinadas, cuyo conjunto “forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social” (Marx, 1859). De ahí la tesis central: “No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia” (Marx, 1859).

Esta tesis no autoriza un economicismo mecánico. Engels advirtió que, según la concepción materialista de la historia, el factor que “en última instancia determina la historia es la producción y la reproducción de la vida real”, y que convertir esto en la afirmación de que lo económico es el único factor determinante equivale a reducirla a “una frase vacua, abstracta, absurda” (Engels, 1890). Las formas superestructurales —el derecho, la religión, la filosofía, las instituciones culturales y, en el mundo contemporáneo, las ONG— poseen una eficacia propia y retroactúan sobre la base. Precisamente por eso, la disputa en el terreno de las ideas no es un epifenómeno, sino un momento real de la lucha de clases. El propio Prólogo indica que las transformaciones de la base se viven a través de “formas ideológicas” en las que los seres humanos adquieren conciencia del conflicto y luchan por resolverlo (Marx, 1859).

La consecuencia para este artículo es doble. Por una parte, la ONG debe analizarse como un aparato superestructural dotado de una base material propia: flujos de capital, presupuestos, nóminas, contratos de consultoría, cadenas de rendición de cuentas hacia donantes externos. No es un “actor de ideas” que flota libremente, sino una institución cuya reproducción depende de un circuito financiero determinado. Por otra parte, su eficacia específica reside en su capacidad para intervenir en el terreno donde la conciencia de las contradicciones materiales se forma o se bloquea. La ONG no cambia directamente las relaciones de propiedad; cambia la forma en que los sujetos interpretan, nombran y procesan esas relaciones.

Marx y Engels formularon el principio que vincula ambos planos: “Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época”; la clase que dispone de los medios de producción material “dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual” (Marx y Engels, 1845–1846). La filantropía transnacional y la financiación estatal de ONG constituyen, en la fase actual, una de las formas más desarrolladas de esa disposición sobre los medios de producción espiritual a escala mundial: un capital que no se invierte para producir mercancías, sino para producir marcos interpretativos, agendas, lenguajes y liderazgos.

2.2. Hegemonía cultural: del aparato coercitivo al aparato de consentimiento

La categoría gramsciana de hegemonía cultural no designa una dominación ejercida exclusivamente por la fuerza, sino una relación de poder en la que la clase dominante universaliza su proyecto particular y lo hace aparecer como “sentido común”. Gramsci distingue entre la sociedad política (el Estado en sentido estrecho, con sus aparatos coercitivos) y la sociedad civil, entendida como el entramado de instituciones “privadas” —escuela, iglesia, medios, asociaciones y también ONG— a través del cual se difunde la hegemonía y se organiza el consentimiento (Gramsci, 1971). La sociedad civil no es, por tanto, un espacio neutral ni automáticamente emancipador: es simultáneamente el terreno donde la dominación se reproduce y el terreno donde puede gestarse una contrahegemonía. La relación entre sociedad civil y hegemonía es dialéctica y no jerárquica: ninguna de las dos se deriva mecánicamente de la otra, y esa es la razón por la cual una lectura determinista de Gramsci resulta insuficiente (Salem, 2020).

Gramsci desarrolla el aspecto que Engels había dejado señalado: la eficacia relativa de la superestructura. La hegemonía es la forma en que la determinación económica “en última instancia” se traduce en dirección moral e intelectual. Allí donde la dominación de clase logra presentarse como interés general, la coerción pasa a un segundo plano y se reserva para los momentos de crisis.

La consecuencia analítica es decisiva. Las ONG financiadas desde el exterior no son simplemente “actores de la sociedad civil” que operan en un vacío pluralista. Son aparatos de hegemonía cultural en el sentido preciso: producen y difunden marcos interpretativos, normalizan ciertas demandas y deslegitiman otras, y lo hacen no mediante la coerción directa sino mediante la fabricación del consentimiento. Joan Roelofs ha mostrado cómo las fundaciones y los flujos filantrópicos transnacionales absorben y transforman ideas disidentes, organizaciones y liderazgos, promoviendo un apoyo consensual al sistema capitalista-democrático (Roelofs, 2003). En términos gramscianos, las ONG internacionales funcionan como “intelectuales tradicionales” del orden global: poseen la autoridad técnica y moral para articular lo que cuenta como “desarrollo”, “derechos” o “empoderamiento”, mientras que los movimientos sociales de base encarnarían el papel de “intelectuales orgánicos” de las clases subalternas. La financiación externa invierte esta relación: el intelectual tradicional coloniza la función del orgánico.

Esto permite formular con mayor precisión la tesis central del artículo. El modelo “benigno” de ONG no es benigno porque sustituye la función del intelectual orgánico por la del gestor de proyectos financiado, y al hacerlo bloquea la formación de un bloque histórico contrahegemónico. La hegemonía, en Gramsci, nunca es completa ni definitiva; requiere ser renovada, y la sociedad civil es el campo de batalla de esa renovación. La ONG sustitutiva interviene precisamente en ese campo de batalla, pero lo hace para desplazar la guerra de posición hacia un terreno tecnocrático donde las contradicciones materiales se traducen en “problemas” gestionables.

2.3. El sujeto neoliberal: la fuerza de trabajo como mercancía y la mistificación del “capital humano”

La segunda expansión teórica concierne a la producción de subjetividad bajo el neoliberalismo. La tesis de Wendy Brown en Undoing the Demos es que el neoliberalismo no es meramente una política económica, sino una racionalidad gubernamental que reconfigura todas las esferas de la existencia humana según el modelo de la empresa y el mercado (Brown, 2015). Brown radicaliza la intuición foucaultiana: el sujeto neoliberal no es el homo oeconomicus clásico, que intercambia equivalentes en el mercado, sino un “empresario de sí mismo” que invierte en su propio capital humano y gestiona su vida como una cartera de activos. Foucault, en los cursos de Nacimiento de la biopolítica (1978–1979), describió este desplazamiento con precisión: el trabajo deja de concebirse como lo que es en el sistema, una mercancía exterior que el trabajador vende a cambio de un salario, y pasa a concebirse como capital, un conjunto de competencias, habilidades y atributos que el individuo debe invertir, optimizar y valorizar (Foucault, 2008). Desde la crítica de la economía política, este desplazamiento es una mistificación: se hace creer al trabajador que su trabajo es un capital que él mismo puede enriquecer mediante la educación, la formación y la adquisición de habilidades, y luego vender con provecho. Se trata de un cambio en la forma de concebir el trabajo, no en su condición real: la fuerza de trabajo sigue siendo una mercancía que se vende a cambio de un salario, de manera abierta o en formas encubiertas como el trabajo por cuenta propia, la subcontratación o el microemprendimiento dependiente. La educación y las habilidades no la convierten en capital; solo modifican su precio y su utilidad para quien la compra. Marx ya había establecido que desarrollar una fuerza de trabajo específica exige una determinada formación o educación, y que “esos costos de aprendizaje […] entran pues en el monto de los valores gastados para la producción de ésta” (Marx, 1867/1975a): la educación forma parte del valor de la mercancía fuerza de trabajo, no la transforma en capital. El valor adicional que esas capacidades producen es apropiado por el capital, mientras que el costo de adquirirlas —matrículas, endeudamiento, tiempo no remunerado— recae sobre el propio trabajador. La consecuencia es que la explotación desaparece del horizonte de inteligibilidad: si el trabajador es un inversor que administra su propio capital, entonces la responsabilidad de aumentar su valor recae sobre él, no sobre la relación social que lo explota.

Jason Read ha sintetizado esta operación como una producción de subjetividad en la que los individuos son constituidos como “sujetos de capital humano” (Read, 2009). La noción de “financiarización del yo” encuentra aquí su fundamento teórico preciso. El sujeto neoliberal no es simplemente un individuo egoísta o competitivo; es un sujeto cuya estructura de reconocimiento ha sido reorganizada: se reconoce a sí mismo —y es reconocido por las instituciones— en la medida en que cree administrar, invertir y valorizar sus atributos como capital. La educación, la salud, la identidad, las relaciones y la moralidad se viven como inversiones cuyo retorno es incierto y cuya responsabilidad es estrictamente individual (Dilts, 2011).

2.3.1. La crítica clásica: fuerza de trabajo no es capital

Desde la economía política marxiana, la categoría de “capital humano” no es una descripción neutral, sino una mistificación, una inversión ideológica de la relación real. En El capital, Marx establece que la condición histórica del capitalismo es la existencia de un trabajador libre en un doble sentido: libre para disponer de su fuerza de trabajo como mercancía propia, y “libre” —es decir, desprovisto— de todo otro medio para ganarse la vida (Marx, 1867/1975a). La fuerza de trabajo es una mercancía cuyo valor de uso específico consiste en producir más valor del que cuesta; la diferencia, el plusvalor, es apropiada por quien posee los medios de producción. El capital no es una cosa ni un atributo personal, sino una relación social entre quienes poseen los medios de producción y quienes solo poseen su capacidad de trabajar. La mercantilización del trabajo no es, por tanto, una novedad neoliberal: es la condición fundacional del modo de producción capitalista. Polanyi coincide, por otra vía, en que la conversión del trabajo en mercancía define a la sociedad de mercado, aunque lo califica de “mercancía ficticia” porque no se produce para la venta (Polanyi, 1944/2001). Polanyi habla de “trabajo”; en sentido estricto, lo que el trabajador vende es su fuerza de trabajo, su capacidad de trabajar, y ese es el término que se emplea en este artículo.

La teoría del capital humano disuelve precisamente esta relación. Al presentar las capacidades del trabajador como “capital” que él mismo posee e invierte, borra la diferencia entre el propietario de los medios de producción y el desposeído, y convierte al segundo en un capitalista imaginario de sí mismo. Bowles y Gintis mostraron que esta teoría, aunque recupera en apariencia la tradición clásica al tratar el trabajo como producido, excluye de su análisis las relaciones de clase y la estructura social de la producción, de modo que la desigualdad aparece como resultado de decisiones individuales de inversión y no de la organización capitalista del trabajo (Bowles y Gintis, 1975). En este punto la crítica foucaultiana y la crítica marxiana convergen, pero la segunda va más lejos: no solo describe una racionalidad de gobierno, sino que identifica su función de clase. El “capital humano” es la forma mistificada que adopta la fuerza de trabajo cuando la relación salarial ha sido ocultada bajo el lenguaje de la inversión: el trabajador cree que, al invertir en educación y habilidades, acumula un capital propio que luego vende, cuando en realidad solo adapta y encarece la mercancía que está obligado a vender para subsistir. Lo que el neoliberalismo añade no es la mercantilización del trabajo, que ya existía, sino su encubrimiento como capital y su extensión a dimensiones de la vida que antes permanecían, al menos en parte, fuera del intercambio.

2.3.2. Fetichismo, reificación y subsunción real de la vida

Marx describió en el primer capítulo de El capital el fetichismo de la mercancía: en la sociedad productora de mercancías, las relaciones sociales entre las personas adoptan la forma de relaciones ent es, re cosas, y los productos del trabajo humano aparecen dotados de una vida propia que domina a sus productores (Marx, 1867/1975a). Lukács generalizó esta intuición con el concepto de reificación: cuando la forma mercancía se convierte en la forma universal de la sociedad, penetra en la conciencia misma y el individuo llega a contemplar sus propias facultades como cosas que posee y que puede vender (Lukács, 1923/1969). El discurso del capital humano lleva este proceso a su culminación: la fuerza de trabajo, mercancía desde el origen del capitalismo, se presenta ahora a la conciencia del trabajador como un capital propio, y los afectos, la reputación y la biografía pasan a tratarse como componentes de esa mercancía, objetos que deben valorizarse para aumentar su precio en el mercado.

Esta extensión puede pensarse también mediante la distinción marxiana entre subsunción formal y subsunción real del trabajo en el capital (Marx, 1863–1866/1971a). En la subsunción formal, el capital se apropia de procesos de trabajo preexistentes sin transformarlos internamente; en la subsunción real, reorganiza el propio proceso de trabajo según sus necesidades. La racionalidad neoliberal lleva esta lógica más allá del lugar de trabajo: la subsunción alcanza la formación de la persona, el uso del tiempo libre, la gestión de la salud y las relaciones comunitarias. Las ONG que imparten capacitación en “habilidades blandas”, “resiliencia”, “liderazgo” o “emprendimiento” participan directamente en esta subsunción real de la vida: transforman desde dentro capacidades humanas que antes se desarrollaban en circuitos no mercantiles y las reorganizan como insumos para el mercado.

2.3.3. Alienación genérica

La conexión con la alienación es aquí decisiva. En los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, Marx describe la alienación como la pérdida de la actividad vital genérica (Gattungstätigkeit): el ser humano se enfrenta a su propia actividad como un poder extraño que lo domina, en lugar de reconocerla como expresión de su ser genérico (Gattungswesen) (Marx, 1844/1975b). El sujeto neoliberal del capital humano representa una forma históricamente específica y particularmente intensa de esta alienación: no solo el producto del trabajo, sino la totalidad de la vida del individuo —su cuerpo, sus afectos, su biografía— es puesta al servicio de la valorización de la fuerza de trabajo como mercancía, aunque se la presente como un capital que debe rendir un retorno. El trabajador sigue siendo, como el obrero industrial del siglo XIX, un vendedor de fuerza de trabajo; la diferencia es que la alienación ya no se experimenta solo en el lugar de trabajo, sino también en la gestión permanente de sí mismo como empresa. En los Grundrisse, Marx había anticipado que, allí donde el dinero se convierte en el vínculo social universal, los individuos llevan consigo, en el bolsillo, su poder social y su nexo con la sociedad (Marx, 1857–1858/1971b). El sujeto del capital humano lleva ese nexo, además, inscrito en su propia persona.

2.4. Imperialismo, exportación de capital y la conquista de los medios no capitalistas

La tercera expansión teórica sitúa a las ONG en la economía política del imperialismo, la fase monopolista del capitalismo con fusión del capital bancario y el industrial en capital financiero, la formación de una oligarquía financiera y, de manera decisiva, por la exportación de capital como rasgo distintivo frente a la exportación de mercancías (Lenin, 1917). Señaló también que las superganancias obtenidas en la periferia permitían a las clases dominantes de los países centrales sobornar a un estrato superior de la clase trabajadora, la llamada aristocracia obrera, y crear así una base social interna para el orden imperialista (Lenin, 1917).

Ambas tesis tienen una traducción directa en el objeto de este artículo. La financiación de ONG es una forma de exportación de capital, una inversion que no busca un rendimiento inmediato en forma de beneficio, sino un rendimiento mediato en forma de condiciones políticas y culturales para la acumulación: apertura de mercados, aceptación de reformas, formación de cuadros afines, legitimación de un modelo de desarrollo. Y del mismo modo que la aristocracia obrera ofrecía al imperialismo una base social dentro de la clase trabajadora metropolitana, la capa profesional de las ONG le ofrece hoy una base social dentro de la intelectualidad periférica: una “intelectualidad compradora” cuyos ingresos, prestigio y trayectoria dependen de su capacidad para traducir la agenda del donante al lenguaje local.

Rosa Luxemburg añadió una determinación que resulta indispensable para comprender el choque cultural descrito en la introducción. En La acumulación del capital, argumentó que la existencia y el desarrollo del capitalismo requieren un entorno de formas de producción no capitalistas, y que el capital libra una lucha contra la economía natural: las comunidades campesinas con propiedad común de la tierra, en las que medios de producción y fuerza de trabajo permanecen ligados, no sirven a sus fines y deben ser disueltas para liberar tierras, mano de obra y mercados (Luxemburg, 1913). Lo que Marx había analizado como acumulación originaria —la separación violenta del productor respecto de sus medios de vida— no es, en esta perspectiva, un episodio concluido del pasado, sino un proceso que se renueva en cada frontera de expansión (Marx, 1867/1975a). Harvey ha retomado esta línea bajo la categoría de acumulación por desposesión para describir la forma neoliberal de ese proceso: privatización de bienes comunes, mercantilización de servicios y absorción de esferas antes no mercantiles (Harvey, 2003).

La ONG financiada desde el exterior aparece, desde esta perspectiva, como uno de los instrumentos de la versión contemporánea de esa lucha. Allí donde la acumulación originaria clásica empleaba la violencia abierta, la forma neoliberal emplea también la persuasión: no expulsa directamente al campesino de su tierra, pero le enseña a pensar su tierra como activo, su trabajo como emprendimiento, su comunidad como “capital social” y su identidad como marca. La disolución de la economía natural se realiza ahora también en el terreno de la conciencia.

2.5. La articulación: la ONG como dispositivo de producción del sujeto neoliberal

La contribución teórica específica de este artículo consiste en mostrar que estas tradiciones —el materialismo histórico clásico, la hegemonía gramsciana y la crítica de la gubernamentalidad neoliberal— no son alternativas, sino momentos articulados de un mismo dispositivo. La ONG financiada desde el exterior opera como el punto de sutura entre la producción de hegemonía y la producción de subjetividad, y su base material se encuentra en la exportación de capital y en la necesidad estructural del capital de absorber los ámbitos no mercantiles.

En términos gramscianos, la ONG organiza el consentimiento produciendo los marcos culturales en los que el sujeto neoliberal aparece como deseable, moderno y emancipado. En términos foucaultianos, produce las tecnologías del yo —talleres de “empoderamiento”, capacitación en “liderazgo”, proyectos de “emprendimiento”— a través de las cuales los individuos se transforman efectivamente en empresarios de sí mismos. En términos marxianos clásicos, ambas operaciones cumplen la función de reproducir la relación capitalista: Marx mostró que el proceso de producción capitalista no produce solo mercancías y plusvalor, sino que produce y reproduce la propia relación de capital, al capitalista de un lado y al asalariado del otro (Marx, 1867/1975a). La ONG “benigna” participa en esa reproducción en el plano de la subjetividad.

La literatura sobre NGOización documenta empíricamente este doble movimiento: la institucionalización, profesionalización y burocratización de las organizaciones de la sociedad civil producen desmovilización, despolitización, cooptación y agotamiento (burn-out), al tiempo que las insertan en modos de gobernanza neoliberal (Choudry y Kapoor, 2013; Lang, 1997). Alexandra Ana ha mostrado, para el caso de los movimientos feministas en Rumanía y Bélgica, que la NGOización no es un fenómeno accidental sino una reconfiguración estructural de la sociedad civil bajo la racionalidad neoliberal, una forma específica de gubernamentalidad coproducida por el Estado, los donantes públicos y privados y las instituciones de gobernanza internacional (Ana, 2024). James Petras, desde una perspectiva marxista explícita, había caracterizado ya a fines de los años noventa a las ONG como instrumentos que, al tiempo que se presentan como alternativa al Estado neoliberal, ocupan los espacios abandonados por este, compiten con los movimientos de clase por la representación de los sectores populares y desplazan la política de la confrontación hacia la gestión de proyectos (Petras, 1999).

La clave dialéctica —y esto es lo que distingue el argumento de una denuncia moralizante— es que la ONG “benigna” no reprime al sujeto; lo produce. No le prohíbe emanciparse; le ofrece una forma específica de emancipación que es simultáneamente una forma de integración al mercado. El “empoderamiento” de la mujer rural, por ejemplo, se traduce en su conversión en microempresaria o en participante flexible del mercado laboral global, no en una transformación colectiva de las relaciones de propiedad y de género que la explotan. La cooptación opera precisamente así: no elimina la demanda, sino que la reformula en un lenguaje compatible con el orden existente.

3. Mecanismos materiales de la influencia de las ONG

Las ONG financiadas por el extranjero reestructuran activamente la sociedad civil local para producir sujetos neoliberales, utilizando mecanismos específicos. Cada uno de ellos puede leerse como la traducción contemporánea de un proceso que el materialismo histórico clásico ya había identificado.

  1. El paradigma del “empoderamiento” como integración al mercado: los programas de las ONG frecuentemente enmarcan el “empoderamiento” (por ejemplo, de la mujer o de la juventud) no como una liberación colectiva de la explotación capitalista, sino como la capacidad del individuo para convertirse en un microempresario autosuficiente o un participante flexible en el mercado laboral global. Esta es la reedición de la “doble libertad” analizada por Marx: el sujeto es liberado de los vínculos comunitarios que lo sostenían y, al mismo tiempo, “liberado” de toda alternativa al mercado (Marx, 1867/1975a). Ya en 1864 Marx advertía que el trabajo cooperativo, por excelente que sea en principio, si permanece limitado “a los esfuerzos accidentales y particulares de los obreros”, no podrá detener el crecimiento del monopolio ni emancipar a las masas (Marx, 1864a). El microemprendimiento promovido por las ONG es una versión todavía más estrecha de esa limitación: ni siquiera es cooperativo, sino individual.
  2. Fragmentación de la clase en nichos de mercado: al promover marcos de identidad hiperindividualistas, las ONG fracturan las solidaridades colectivas basadas en la clase. La identidad se mercantiliza; los distintos grupos sociales se transforman en demografías de consumo discretas y grupos de trabajo especializados, lo que facilita su gestión y la extracción de valor. El Manifiesto había señalado que la organización de los proletarios en clase es socavada una y otra vez por la competencia entre los propios trabajadores (Marx y Engels, 1848). La fragmentación por nichos de financiación reproduce esa competencia en el plano organizativo: los grupos subalternos compiten entre sí por convocatorias, prioridades temáticas y visibilidad ante los donantes. Los Estatutos de la Primera Internacional atribuían el fracaso de los esfuerzos emancipatorios precisamente a la “falta de solidaridad entre los obreros de las diferentes ramas del trabajo” (Marx, 1864b). El sistema de proyectos institucionaliza esa falta de solidaridad.
  3. Financiarización de la sociedad civil: la inyección de capital extranjero en las ONG locales crea una clase profesional y gerencial dependiente. Esta “intelectualidad compradora” internaliza la cosmovisión neoliberal, viendo sus propias intervenciones culturales y sociales a través de las métricas de subvenciones, entregables y resultados compatibles con el mercado, en lugar de las necesidades orgánicas de la comunidad. Desde el punto de vista materialista, lo decisivo no es la intención subjetiva de estos profesionales, sino su posición objetiva: su reproducción material depende del circuito del donante, y “el ser social determina la conciencia” (Marx, 1859). El trabajo intelectual queda así subsumido en una relación cuasi salarial con el capital transnacional, y la orientación de ese trabajo se ajusta a las condiciones de su financiación.
  4. Disolución de la economía moral y de la reciprocidad: la intervención sobre las formas comunitarias de cuidado, ayuda mutua y trabajo colectivo —que en los Andes incluyen instituciones como el ayni y la minka— tiende a convertirlas en “capital social” medible, financiable y, en última instancia, sustituible por servicios provistos a través del mercado o de la propia ONG. Es la forma contemporánea de la “lucha contra la economía natural” descrita por Luxemburg (1913): lo que antes se producía y circulaba fuera del nexo monetario se reinscribe en la lógica del proyecto y del indicador.

4. El espectro de la intervención de las ONG: sustitución frente a subversión

Las ONG financiadas por el extranjero operan en un espectro que va desde proveedores de servicios ostensiblemente “benignos” hasta instrumentos abiertos de subversión geopolítica. Un análisis dialéctico debe evaluar ambos y, sobre todo, la relación entre ellos: los dos extremos no son fenómenos independientes, sino formas complementarias de una misma estrategia de reproducción del orden global, que alterna el consentimiento y la coerción según las condiciones de cada coyuntura (Gramsci, 1971).

4.1. La ilusión “benigna”: ONG como sustitutas de la sociedad civil orgánica

La forma más común y ostensiblemente “benigna” de ONG financiada por el extranjero no busca derrocar al Estado, sino suplantar al pueblo como sociedad civil. Bajo el ajuste estructural neoliberal, el Estado se retira de proveer bienestar social, salud y educación. Las ONG financiadas por el extranjero ocupan este vacío (Harvey, 2005; Petras, 1999).

  • Despolitización de la disidencia: al profesionalizar los problemas sociales, estas ONG transforman los movimientos de masas potenciales y la lucha de clases en “proyectos” manejables y financiados por subvenciones. Las demandas radicales de cambio sistémico se traducen en entregables tecnocráticos (por ejemplo, “creación de capacidades” o “talleres de concienciación”).
  • La función de válvula de escape: estas ONG actúan como una válvula de escape para los agravios sociales. Al proporcionar una vía sancionada y bien financiada para la defensa moderada, absorben la energía de las clases subalternas y evitan la formación de un bloque unificado y contrahegemónico. La población se transforma de sujetos históricos activos en beneficiarios pasivos o “partes interesadas” en un proyecto neoliberal (Choudry y Kapoor, 2013).

4.1.1. El proyecto como economismo institucionalizado

La crítica leninista de la espontaneidad ofrece una herramienta particularmente precisa para comprender la lógica del modelo sustitutivo. En ¿Qué hacer?, Lenin sostuvo que el movimiento obrero, librado a su desarrollo espontáneo, solo alcanza una “conciencia tradeunionista”, es decir, la convicción de que es necesario agruparse, luchar contra los patronos y reclamar al gobierno tales o cuales leyes, sin llegar a la conciencia de “la oposición inconciliable entre sus intereses y todo el régimen político y social contemporáneo” (Lenin, 1902). Añadió que “el desarrollo espontáneo del movimiento obrero marcha precisamente hacia la subordinación suya a la ideología burguesa” (Lenin, 1902).

El proyecto de ONG es una forma institucionalizada y financiada de esa limitación. Divide la realidad social en “problemáticas” separadas —violencia doméstica, acceso al agua, empleabilidad juvenil, salud reproductiva, gobernanza local—, cada una con su línea presupuestaria, su marco lógico y sus indicadores, e impide así que las comunidades perciban la conexión entre todas ellas y la estructura de propiedad que las produce. Lenin exigía que la conciencia política se formara mediante la exposición de todas las formas de opresión en su relación con el conjunto del orden social; el proyecto hace exactamente lo contrario: fragmenta la totalidad en una serie de demandas parciales cuya resolución, si llega, deja intacta la relación de fondo.

Es importante subrayar la inversión que esto supone. Lenin sostenía que la conciencia socialista debía ser llevada al movimiento espontáneo “desde fuera” de la lucha económica inmediata, es decir, desde la comprensión de las relaciones entre todas las clases. La ONG financiada por el extranjero también actúa “desde fuera”, pero en sentido inverso: introduce desde el exterior no una conciencia que rebase la espontaneidad, sino una ideología que la consolida y la subordina a la burguesía transnacional. Lo que se importa no es la teoría de la emancipación, sino la teoría de la adaptación.

4.1.2. La división entre educadores y educados

La tercera tesis sobre Feuerbach advierte contra la doctrina materialista que concibe a los seres humanos como producto de las circunstancias y de la educación, pero “olvida que las circunstancias se hacen cambiar precisamente por los hombres y que el propio educador necesita ser educado”; esa doctrina “conduce, pues, forzosamente, a la división de la sociedad en dos partes, una de las cuales está por encima de la sociedad” (Marx, 1845). El modelo sustitutivo de ONG materializa exactamente esa división: un cuerpo de expertos financiados que diagnostica, capacita y evalúa, y una población que es diagnosticada, capacitada y evaluada. La praxis transformadora, que según Marx consiste en la coincidencia entre el cambio de las circunstancias y el cambio de la actividad humana, queda sustituida por la intervención técnica sobre sujetos convertidos en objetos de política.

4.2. La realidad “maligna”: ONG como instrumentos de cambio de régimen

En el extremo opuesto del espectro se encuentran las ONG diseñadas explícitamente como instrumentos de guerra híbrida, “revoluciones de colores” o desestabilización imperialista (por ejemplo, ciertos programas financiados por la National Endowment for Democracy o fundaciones específicas alineadas con el Estado).

  • Instrumentalización del agravio: estas organizaciones buscan activamente derrocar a los gobiernos que resisten al capital global, nacionalizan recursos o persiguen alineamientos geopolíticos independientes. Lo hacen financiando a partidos de oposición, interviniendo en los procesos electorales y aprovechando la política de identidad fragmentada que ellas mismas ayudaron a cultivar.
  • Instalación de regímenes compradores: el objetivo final no es la democratización orgánica, sino la instalación de una élite compradora complaciente que abrirá los mercados y recursos del país al capital extranjero bajo la apariencia de “reforma democrática” (Gill, 2012; Chomsky, 1999).

Desde la teoría clásica del imperialismo, esta modalidad corresponde al momento en que la competencia entre bloques de capital por las condiciones de acumulación —territorios, recursos, mercados y alineamientos— se traslada al terreno político interno de los países periféricos (Lenin, 1917; Luxemburg, 1913). La percepción de esta amenaza no es una invención retórica de los gobiernos afectados: un estudio sobre 153 países de ingresos bajos y medios entre 1993 y 2012 encontró que 39 de ellos adoptaron leyes que restringen la entrada de ayuda extranjera a ONG que operan en su territorio, que esos gobiernos perciben dicha ayuda como apoyo a sus opositores políticos y que el volumen de los flujos de ayuda se asocia con un mayor riesgo de adopción de estas restricciones (Dupuy et al., 2016). Que estas leyes sirvan a veces también para proteger a gobiernos establecidos no anula el hecho material que revelan: la financiación externa de la sociedad civil es reconocida, por los propios Estados receptores, como un instrumento de poder político.

La relación entre ambos extremos del espectro es dialéctica y no simplemente de contigüidad. La ONG “benigna” prepara el terreno sobre el que la “maligna” puede actuar: crea redes, cuadros, lenguajes y legitimidades que, en una coyuntura de crisis, pueden ser movilizados para fines de cambio de régimen. A la inversa, la amenaza de la intervención abierta disciplina a los gobiernos para que toleren la presencia permanente del modelo sustitutivo. Consentimiento y coerción, en la fórmula gramsciana, no se excluyen: se suceden y se apoyan mutuamente.

5. Evaluación dialéctica: ¿cuál es “peor”?

Determinar qué forma de intervención de las ONG es “peor” requiere ir más allá de un cálculo moral superficial hacia una evaluación dialéctica de su impacto en la base material y el potencial emancipador.

  • El caso contra las “malignas” (cambio de régimen): ostensiblemente, el modelo de cambio de régimen es más destructivo de inmediato. Causa devastación material aguda, colapso económico, conflicto civil y la supresión violenta de la autodeterminación soberana. Representa el filo más agudo y visible de la violencia imperialista.
  • El caso contra las “benignas” (sociedad civil sustitutiva): sin embargo, desde una perspectiva histórico-materialista, el modelo sustitutivo “benigno” es estructuralmente más insidioso y en última instancia peor para la emancipación humana a largo plazo. ¿Por qué? Porque sostiene y estabiliza el orden neoliberal.
  1. Neutralización de la conciencia de clase: al profesionalizar la disidencia y convertir a los activistas en gerentes de proyectos dependientes de subvenciones, la ONG “benigna” fractura de manera duradera la solidaridad de clase. Impide que los subalternos reconozcan su explotación material compartida.
  2. La ilusión del progreso: crea una fachada de “sociedad civil” y “progreso” que enmascara la extracción continua de riqueza y la erosión de la base material. Hace que el orden neoliberal sea aceptable y duradero.
  3. Prevención de la síntesis orgánica: el verdadero progreso histórico ocurre a través de la resolución dialéctica de las contradicciones por parte de las masas mismas. La ONG sustitutiva interrumpe esta dialéctica. Impone una superestructura sintética y extranjera que impide el desarrollo orgánico de una conciencia nativa y revolucionaria.

5.1. Esencia y apariencia

La superioridad del método dialéctico sobre el cálculo moral reside en que no se detiene en la apariencia inmediata de los fenómenos. Marx señaló que toda ciencia sería superflua si la forma de manifestación y la esencia de las cosas coincidieran directamente (Marx, 1894/1976). La apariencia del modelo “maligno” es la de la destrucción; la del modelo “benigno”, la de la ayuda. Pero la esencia de ambos debe juzgarse por su relación con la reproducción de las relaciones sociales de producción. Bajo esta luz, la destrucción visible del modelo “maligno” contiene una paradoja: al hacer manifiesta la violencia imperialista, también hace visible la contradicción y crea las condiciones para que sea reconocida como tal. El modelo “benigno”, en cambio, opera precisamente en la brecha entre esencia y apariencia: su eficacia depende de que la relación de dominación no sea percibida.

5.2. Crisis y estabilización

En la teoría materialista de la historia, las épocas de revolución social se abren cuando las relaciones de producción entran en contradicción abierta con el desarrollo de las fuerzas productivas y esa contradicción se manifiesta en la conciencia de los sujetos (Marx, 1859). Las crisis no producen automáticamente la emancipación, pero son los momentos en que la hegemonía se debilita y las clases subalternas pueden articular una alternativa. Gramsci denominó crisis orgánica a esta situación, y la literatura gramsciana contemporánea ha utilizado la categoría para caracterizar la condición global posterior a 2008 (Gill, 2012).

El modelo “maligno” acelera crisis y, aunque las orienta hacia fines imperialistas, no puede controlar completamente sus consecuencias: genera resistencias, nacionalismos defensivos y reorganizaciones políticas imprevistas. El modelo “benigno” tiene la función opuesta: administra preventivamente las contradicciones para que no lleguen a configurarse como crisis. Por esa razón constituye la pieza más eficaz de lo que Mark Fisher llamó realismo capitalista, la convicción generalizada de que no solo no existe alternativa al capitalismo, sino que ni siquiera es posible imaginarla de manera coherente (Fisher, 2009). La ONG “benigna” produce ese realismo a escala comunitaria: enseña que los problemas se resuelven proyecto a proyecto, convocatoria a convocatoria, y que fuera del marco de la financiación no hay acción posible.

5.3. Autoemancipación frente a tutela

El criterio último de la evaluación procede del principio fundacional del movimiento obrero moderno, redactado por Marx en los Estatutos de la Primera Internacional: “la emancipación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos” (Marx, 1864b). El mismo documento sitúa la raíz de “la servidumbre en todas sus formas, de toda miseria social, degradación intelectual y dependencia política” en “el sometimiento económico del trabajador a los monopolizadores de los medios de trabajo” (Marx, 1864b). Medida con este criterio, la ONG “benigna” fracasa en sus dos términos: sustituye la autoemancipación por la tutela externa y desplaza la atención desde el monopolio de los medios de trabajo hacia las “capacidades” individuales de los subalternos. No se trata de un error técnico susceptible de corrección mediante mejores prácticas, sino de la consecuencia necesaria de su posición estructural.

En resumen, la ONG “maligna” es una crisis del sistema, pero la ONG “benigna” es el sistema inmunológico del capitalismo global. La primera destruye una sociedad abiertamente; la segunda la pacifica de manera permanente, dejándola incapaz de montar un desafío coherente a su propia explotación.

6. Impactos dialécticos en los valores y culturas nativas

La imposición del sujeto neoliberal sobre sociedades con bases materiales diferentes produce impactos específicos y contradictorios, exacerbados por el espectro de las ONG descrito anteriormente.

6.1. La erosión de la reproducción social no mercantil

Los marcos morales tradicionales, a pesar de sus fallas históricas (por ejemplo, el patriarcado y las jerarquías rígidas), proporcionaban sistemas robustos de reproducción social: cuidado, ayuda mutua e identidad comunal que existían fuera del nexo monetario. El modelo de las ONG, ya sea benigno o maligno, promueve el individualismo radical y la disolución de la unidad comunitaria o familiar tradicional. Esto despoja a las comunidades de sus redes de seguridad no mercantiles, obliga al individuo a depender enteramente del mercado para su supervivencia y profundiza así su condición de vendedor de fuerza de trabajo, presentada ahora como “capital humano” comerciable.

El materialismo histórico clásico permite situar ambos aspectos de esta afirmación sin contradicción. Por un lado, Engels mostró que la familia patriarcal y la subordinación de la mujer no son hechos naturales ni eternos, sino formas históricas vinculadas al surgimiento de la propiedad privada y de las clases (Engels, 1884). No hay, por tanto, en la perspectiva materialista, ninguna razón para santificar las jerarquías tradicionales. Por otro lado, el mismo análisis muestra que la sustitución de esas jerarquías por la dependencia universal del mercado no equivale a su superación: reemplaza una forma de dominación personal por una forma de dominación impersonal, más difícil de identificar y combatir. La cuestión no es elegir entre tradición y mercado, sino identificar qué elementos de las formas comunitarias pueden servir como base para una superación de ambas.

La feroz resistencia a las ONG extranjeras es frecuentemente caracterizada de forma errónea por los observadores occidentales como mero fundamentalismo religioso o xenofobia irracional. Un análisis materialista revela esta reacción como una defensa de las clases subalternas y de la burguesía nacional contra el alcance totalizador del mercado. Para las clases trabajadoras y el campesinado, la defensa de los “valores tradicionales” es a menudo un intento desesperado, aunque a veces reaccionario, de proteger los remanentes del “mundo de la vida” comunal de ser engullido por completo por la lógica mercantil que hoy se expresa en el lenguaje del capital humano (Polanyi, 1944/2001). La categoría polanyiana de “doble movimiento” permite precisar teóricamente por qué la reacción tradicionalista no es simple irracionalidad.

Polanyi argumentó que el mercado autorregulado tiende a desincrustar la economía de las relaciones sociales, sometiendo el trabajo, la tierra y el dinero —las “mercancías ficticias”— a una lógica de mercantilización que destruye las bases mismas de la solidaridad social. Frente a esta destrucción, surge espontáneamente un contramovimiento de protección societal (Polanyi, 1944/2001). La aplicación al caso que nos ocupa es directa: el discurso neoliberal del capital humano lleva la mercantilización del trabajo —una de las mercancías ficticias— a su fase más radical, al extenderla al conjunto de la vida humana, y la defensa de los “valores tradicionales” constituye, en muchos casos, un contramovimiento polanyiano, una resistencia, a menudo desesperada y contradictoria, a que el “mundo de la vida” comunal sea enteramente subsumido en la lógica del mercado. Nancy Fraser ha advertido que este esquema debe complementarse con un tercer polo —las luchas por la emancipación, incluidas las feministas— para no reducir la política a una alternativa binaria entre mercado y protección (Fraser, 2013). La observación es pertinente, pero refuerza el argumento de este artículo: el problema del modelo de ONG es que se apropia del polo de la emancipación y lo pone al servicio de la mercantilización, de modo que la protección queda asociada a la tradición y la emancipación al mercado, y ambas quedan separadas del proyecto de transformación de las relaciones de producción.

Esto no significa romantizar el tradicionalismo. Significa, en cambio, reconocer su racionalidad material sin concederle una autoridad normativa automática. La defensa de la comunidad, del cuidado no mercantilizado y de formas de reciprocidad que el capital no ha colonizado por completo es un momento necesario de cualquier proyecto emancipador. Pero ese momento es insuficiente y puede volverse reaccionario si se articula como retorno a jerarquías premodernas en lugar de como punto de partida para una síntesis superior. La dialéctica materialista exige mantener ambas determinaciones: la reacción tradicionalista es defensiva y materialmente fundada, pero no es emancipadora por sí misma. Su potencial contrahegemónico depende de su articulación con un proyecto de transformación de las relaciones de producción, no de su simple afirmación identitaria.

6.2. La comunidad como punto de partida: Marx y Zasulich

La idea de que las formas comunitarias supervivientes pueden servir como punto de partida —y no como obstáculo— para una forma superior de sociedad no es una adición romántica al materialismo histórico, sino una posición que el propio Marx sostuvo en sus últimos años. Consultado en 1881 por Vera Zasulich sobre el destino de la comuna rural rusa, Marx respondió que el análisis de El capital no ofrecía razones a favor ni en contra de su vitalidad, pero que su estudio especial de la cuestión lo había convencido de que “esta comuna es el punto de apoyo de la regeneración social en Rusia”, siempre que se eliminaran “las influencias deletéreas que la acosan por todas partes” y se le aseguraran las condiciones para un desarrollo espontáneo (Marx, 1881). Con ello, Marx rechazaba explícitamente que el esquema de la acumulación originaria descrito para Europa occidental fuera un destino obligatorio para todos los pueblos.

La pertinencia de esta posición para la crítica de las ONG es inmediata. Las “influencias deletéreas” que, según Marx, acosaban a la comuna rural rusa tienen hoy un equivalente funcional en los programas que convierten la propiedad comunal en activos individuales, la reciprocidad en “capital social” y la identidad colectiva en nicho de financiación. La ONG financiada desde el exterior reproduce un modelo de sociedad civil elaborado en los centros del capitalismo global y lo implanta sin mediación orgánica en realidades con bases materiales distintas. La síntesis superior que exige la dialéctica no puede importarse; solo puede construirse a partir de la propia realidad y por los propios sujetos.

Esta perspectiva permite, además, superar el falso dilema entre “modernización” y “tradición” con el que suele presentarse el conflicto cultural. La alternativa real no es entre el sujeto neoliberal y la comunidad patriarcal, sino entre dos formas de resolver la contradicción: la resolución por arriba, que disuelve la comunidad en el mercado, y la resolución por abajo, que transforma la comunidad en base de una organización social superior, liberada a la vez de la jerarquía tradicional y de la dependencia mercantil.

6.3. La “síntesis orgánica” y el bloqueo de la contrahegemonía

El argumento sobre la ONG “benigna” como “sistema inmunológico del capitalismo global” puede formularse con rigor gramsciano. La contrahegemonía, para Gramsci, no se decreta ni se importa: se construye orgánicamente a través de la articulación de demandas populares en un bloque histórico capaz de disputar el sentido común dominante (Gramsci, 1971). La ONG sustitutiva interviene en este proceso para interrumpirlo. Al profesionalizar la disidencia, al traducir demandas radicales en entregables tecnocráticos y al crear una clase profesional y gerencial dependiente de la financiación externa, la ONG “benigna” desarticula el vínculo entre los intelectuales y las masas que haría posible un bloque contrahegemónico.

El resultado no es la ausencia de resistencia, sino su dispersión en nichos de mercado identitario y su institucionalización en formas compatibles con la gobernanza neoliberal. La sociedad civil queda pacificada no porque haya sido reprimida, sino porque ha sido reconfigurada como un conjunto de “partes interesadas” que negocian su participación en el orden existente. Es en este sentido preciso que la ONG “benigna” es estructuralmente más insidiosa que la “maligna”: la segunda produce una crisis visible del sistema; la primera produce la estabilización hegemónica que hace que la crisis no sea siquiera percibida como tal.

Debe añadirse, para completar el análisis dialéctico, que esta estabilización no elimina las contradicciones materiales: las desplaza y las difiere. La extracción de riqueza, la precarización y la erosión de la reproducción social continúan, y con ellas continúa acumulándose el malestar que el dispositivo intenta canalizar. Pero, como advertía Lenin, la contradicción no se resuelve espontáneamente a favor de los subalternos; librada a sí misma, tiende a ser absorbida por la ideología dominante (Lenin, 1902). La persistencia de la contradicción es la condición de posibilidad de la contrahegemonía, no su garantía. Por esa razón, la existencia misma del modelo sustitutivo agrava el problema: ocupa el lugar organizativo donde debería formarse la conciencia capaz de aprovechar esa contradicción.

7. Conclusión

A través de la lente histórico-materialista y dialéctica, las actividades de las ONG financiadas por el extranjero no pueden verse como ejercicios benignos de diplomacia cultural. Si bien la modernización y el desmantelamiento de las estructuras feudales o coloniales representan desarrollos históricamente progresistas, la fase neoliberal contemporánea ha secuestrado esta trayectoria. Sobre la base de la conversión de la fuerza de trabajo en mercancía, propia del capitalismo desde su origen, ha redefinido al ser humano, que de miembro holístico de una comunidad ha pasado a creerse portador de un “capital humano”: la mistificación por la cual el trabajador supone que su trabajo, enriquecido con educación y habilidades, es un capital propio que vende con provecho, cuando sigue siendo una mercancía que debe ser comerciada, optimizada e intercambiada en beneficio de otros.

Las categorías clásicas del materialismo histórico permiten precisar el alcance de esta conclusión. La relación entre base y superestructura explica por qué un aparato aparentemente cultural tiene efectos de clase: la ONG posee una base material propia en la exportación de capital y actúa sobre el terreno donde la conciencia de las contradicciones se forma o se bloquea. La crítica marxiana de la fuerza de trabajo y del fetichismo explica por qué el “capital humano” no es una descripción, sino una mistificación que presenta como capital lo que sigue siendo una mercancía y oculta así la relación de explotación. La teoría del imperialismo y de la acumulación explica por qué la conquista de los ámbitos no mercantiles es una necesidad estructural del capital y no una opción cultural. La crítica leninista de la espontaneidad explica por qué el proyecto fragmentado consolida la subordinación a la ideología dominante. Y el principio de la autoemancipación explica por qué ninguna tutela externa, por bien intencionada que sea, puede sustituir a la organización de los propios subalternos.

Las ONG financiadas por el extranjero actúan como la vanguardia de esta formación de sujetos neoliberales. Si bien las ONG “malignas” que buscan el cambio de régimen causan una devastación aguda y visible, las ONG “benignas” que suplen a la sociedad civil orgánica son en última instancia más perjudiciales para el potencial emancipador. Logran cooptar y neutralizar con éxito a las fuerzas que podrían desafiar al sistema, vuelven pasivas a las masas y sostienen la hegemonía capitalista global. La reacción tradicionalista resultante, aunque a veces reaccionaria en sí misma, es fundamentalmente una reacción defensiva racional de las clases subalternas que buscan preservar formas no mercantiles de reproducción social, y contiene, como advirtió Marx, elementos que pueden servir como punto de partida para una forma superior de organización social si se articulan con la transformación de las relaciones de producción.

En última instancia, la verdadera emancipación humana no requiere la importación de marcos culturales neoliberales a través de la financiación de ONG, sino la transformación orgánica y colectiva de la base material y económica subyacente para servir a las necesidades humanas, en lugar de a la lógica del capital. Esa transformación no puede importarse: debe ser obra de los propios trabajadores, campesinos y comunidades, construida desde su propia realidad material.

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