Las filtraciones, es decir, la divulgación no autorizada o informalmente permitida de información no pública a periodistas, ocupan un lugar ambiguo entre la denuncia de irregularidades, la gestión oficial de noticias y la propaganda. Se pueden distinguir cuatro tipos distintos de filtración. Primero, el “globo sonda” o “globo de ensayo”, donde se da a conocer una propuesta con la intención de anticipar la reacción política y mediática antes de comprometerse por completo. Así, se mantiene la opción de retirarla discretamente si la respuesta es negativa. Segundo, la filtración interesada o autorizada. Aquí, se revela información para obtener un beneficio propio o sembrar una narrativa específica, mientras se mantiene la posibilidad de negar el origen de la filtración. Tercero, la filtración de denuncia sirve para exponer una supuesta irregularidad, corrupción, ilegalidades o abusos. Cuarto, el robo o acceso a información ajena y la filtración de esta. En este caso, actores obtienen información mediante intrusión cibernética y la divulgan de manera estratégica por varias razones, como la propaganda computacional.
El análisis de Emma Briant y Alicia Wanless sobre lo que llaman un “ménage à trois digital” entre las filtraciones estratégicas, la propaganda y el periodismo dice que las plataformas digitales han aumentado el potencial propagandístico de las filtraciones. Esto es porque permiten que actores estatales y partidistas publiquen directamente conjuntos seleccionados de documentos. Los periodistas actúan a la vez como filtro que valida y, a veces, como canal de distribución de material cuya procedencia e integridad no se pueden comprobar por completo (Briant y Wanless, 2019).
La psicología política experimental muestra que las consecuencias persuasivas y de reputación de una filtración dependen mucho del razonamiento motivado por el partido político y no solo del contenido filtrado. En un estudio incluido en el Cooperative Congressional Election Study de 2018, Michael Touchton, Casey Klofstad, Jonathan West y Joseph Uscinski vieron que los encuestados valoraban la misma información de forma más positiva cuando se presentaba como “denuncia de irregularidades” en vez de “filtración”. Sin embargo, este efecto del encuadre era menor que el del partidismo. Los demócratas calificaron las revelaciones que dañaban a funcionarios republicanos de manera mucho más favorable que las que perjudicaban a funcionarios demócratas. Los republicanos mostraron el patrón contrario (Touchton, Klofstad, West, & Uscinski, 2020). Una diferencia partidista parecida apareció con la reacción a la publicación de cables diplomáticos de WikiLeaks. Una encuesta del Pew Research Center de diciembre de 2010 mostró que el 60% de los estadounidenses que seguían la noticia pensaba que la divulgación dañaba el interés público. Sin embargo, había una gran diferencia según el partido político. El 75% de los republicanos lo veía así, frente al 53% de los demócratas y el 57% de los independientes. Esto ocurrió incluso cuando la noticia llegó a ocupar cerca del 16% de toda la agenda informativa de esa semana (Pew Research Center, 2010).
Estos hallazgos muestran que las filtraciones actúan como una técnica de persuasión cuyo poder viene menos del contenido que revelan y más de una señal externa de credibilidad, es decir, la aparente autenticidad de origen interno. También influye el filtrado posterior de esa información a través del pensamiento motivado por ideas políticas. Como las filtraciones son difíciles de rastrear y casi nunca pasan por el examen de credibilidad de la fuente que caracteriza la tradición de Yale, siguen siendo un tema poco explorado en la investigación experimental. Los estudios que existen muestran efectos de encuadre y de acuerdo partidista en las respuestas a filtraciones ya conocidas. Sin embargo, hay mucha menos evidencia controlada sobre cómo el momento, la ambigüedad de la fuente y la selección de lo que se filtra afectan de forma causal los efectos de establecimiento de agenda y priming que se revisaron en la Sección 7.