Psicologia Social y Política

Recent Posts

    14. Mecanismos neuropsicológicos que explican por qué las personas se sienten atraídas por líderes políticos autoritarios y corruptos

    Una línea diferente de la psicología política pregunta por qué los ciudadanos llegan a identificarse con figuras políticas autoritarias o corruptas, dejan que los convenzan o cambian su opinión a su favor. La evidencia de la investigación sobre personalidad, los estudios fisiológicos y de neuroimagen, la psicología existencial y la investigación sociocognitiva señala que una sensibilidad a la amenaza, que se intensifica o se activa según la situación, es el mecanismo principal. Esto ocurre más que por un simple problema en la capacidad de razonar. El razonamiento motivado y la desconexión moral luego protegen esa identificación una vez que se forma.

    En el nivel de las diferencias individuales estables, el concepto original de “personalidad autoritaria” formulado por el psicoanálisis propuso que la sumisión a la autoridad fuerte y la hostilidad hacia los exogrupos tienen su origen en una crianza punitiva y en la agresión desplazada (Adorno, Frenkel-Brunswik, Levinson, & Sanford, 1950). La investigación actual ha cambiado de manera importante este planteamiento y lo ha dividido en dos predisposiciones que están relacionadas, pero son distintas y se han comprobado empíricamente. El autoritarismo de derecha se caracteriza por la sumisión a la autoridad ya establecida, el apego a las normas tradicionales y la agresión que se justifica hacia los exogrupos (Altemeyer, 1981). Por otro lado, la orientación a la dominancia social es una preferencia general por la jerarquía social basada en grupos (Sidanius & Pratto, 1999). Karen Stenner, con su influyente reformulación llamada “dinámica autoritaria”, sostiene que las predisposiciones autoritarias son rasgos ocultos que se activan solo cuando la persona percibe una amenaza a las normas, como una sensación de desorden social o moral, o la pérdida de normas compartidas del propio grupo. Esto no ocurre ante amenazas económicas, lo que ayuda a explicar por qué el apoyo político de tipo autoritario suele aumentar durante épocas de cambio social o cultural percibido y no solo por dificultades materiales (Stenner, 2005).

    Una literatura neurocientífica paralela ha buscado correlatos fisiológicos y estructurales de esta sensibilidad a la amenaza, aunque sus hallazgos han resultado considerablemente menos estables ante la más sólida replicación que los trabajos sobre personalidad y de las encuestas, antes descritos

    Un estudio temprano influyente informó que las personas con posturas políticas más proteccionistas y socialmente conservadoras mostraban una mayor reactividad fisiológica, como conductancia de la piel y respuestas de sobresalto, ante estímulos amenazantes y de asco. El estudio lo presentó como un “sesgo de negatividad” general (Oxley et al., 2008; véase también Hibbing, Smith, & Alford, 2014, para una síntesis teórica más amplia). Sin embargo, un esfuerzo de replicación directa y conceptual preregistrado, hecho por Bert Bakker, Gijs Schumacher, Claire Gothreau y Kevin Arceneaux en muestras de Estados Unidos y Países Bajos, no logró reproducir estas diferencias fisiológicas entre conservadores y liberales. El estudio concluyó que los resultados originales no apoyaban la existencia de un rasgo fisiológico estable que distinguiera a los dos grupos (Bakker, Schumacher, Gothreau, & Arceneaux, 2020). Un estudio de neuroimagen estructural relacionado informó que las personas que se identificaban como más conservadoras tenían un mayor volumen de la amígdala. Por otro lado, quienes se identificaban como más liberales tenían un mayor volumen de la corteza cingulada anterior (Kanai, Feilden, Firth, & Rees, 2011). Un intento posterior de replicación preregistrado encontró este hallazgo mucho menos sólido que el reportado originalmente. Un estudio independiente de neuroimagen funcional halló un patrón más condicionado. El conservadurismo económico predecía una mayor conectividad entre la amígdala y el núcleo del lecho de la estría terminal (BNST) solo durante períodos de amenaza inducidos experimentalmente, en comparación con períodos de seguridad. Esto sugiere un circuito neural reactivo a la amenaza que funciona de forma situacional y no como un rasgo fijo (Pedersen, Muftuler, et al., 2018). En conjunto, esta literatura pide verdadera cautela. Las correlaciones de neuroimagen de estudios individuales que relacionan la estructura cerebral con la orientación política han mostrado una replicabilidad más débil que otros hallazgos de esta revisión y no deben verse como explicaciones biológicas bien establecidas de las simpatías políticas o autoritarias.

    Una literatura con bases experimentales más sólidas viene de la teoría de la gestión del terror. Esta teoría dice que los recordatorios de la propia mortalidad hacen que la gente dependa más de sus creencias culturales y de la identificación con su propio grupo para reducir la ansiedad existencial (Greenberg et al., 2008, para una revisión). Mark Landau y sus colegas encontraron que los recordatorios sutiles de los atentados del 11 de septiembre y de la propia mortalidad de los participantes aumentaban el apoyo al liderazgo antiterrorista del presidente George W. Bush. Esto ocurría más allá de lo que producían los recordatorios de mortalidad por sí solos o los atentados del 11 de septiembre por sí solos (Landau et al., 2004). En una prueba experimental directa sobre la preferencia de liderazgo, el estudio “Fatal Attraction” de Florette Cohen, Sheldon Solomon, Molly Maxfield, Tom Pyszczynski y Jeff Greenberg mostró que los recordatorios de mortalidad aumentaban la preferencia de los participantes por un candidato gubernamental hipotético carismático frente a candidatos orientados a la tarea o a la relación, incluso cuando los participantes no veían al candidato carismático como más competente. Esto sugiere que el atractivo de un líder fuerte y carismático bajo condiciones de amenaza existencial o de seguridad funciona reduciendo la ansiedad y no mediante una evaluación razonada del historial o el carácter del líder. Este mecanismo ayuda a explicar por qué los votantes pueden inclinarse hacia figuras fuertes y carismáticas durante períodos de crisis percibida, sin importar los defectos documentados, incluida la corrupción (Cohen, Solomon, Maxfield, Pyszczynski, & Greenberg, 2004).

    Una vez que se forma esa identificación, los mecanismos de razonamiento motivado partidista que se revisaron en la Sección 6 (Taber & Lodge, 2006; Kraft, Lodge, & Taber, 2015) explican de manera directa por qué los partidarios identificados restan importancia, reinterpretan o contraargumentan activamente la evidencia de corrupción de un líder que apoyan. Además, el concepto de desconexión moral de Albert Bandura, que incluye la reestructuración mental de conductas dañinas usando etiquetas suaves, la difusión o traslado de la responsabilidad, la minimización de las consecuencias y la culpa puesta en las víctimas o rivales, describe el proceso psicológico que lleva a los seguidores a excusar o reformular las faltas de un líder como necesarias, exageradas por los oponentes, o no peores que lo que hacen los rivales (Bandura, 1999). Por último, si unimos los mecanismos de amenaza e identidad social con los resultados electorales, el análisis de encuestas de panel de Diana Mutz sobre la elección estadounidense de 2016 mostró que la amenaza percibida al estatus de un grupo dominante, y no la dificultad económica personal, fue el mayor predictor del cambio de voto hacia un candidato con inclinaciones autoritarias. Esto coincide con una explicación basada en la identidad social, donde la amenaza a la posición del grupo, y no solo el interés material propio, impulsa el atractivo persuasivo de fondo (Mutz, 2018).

    Corresponde notar dos salvedades al cierre de esta sección. Primero, buena parte de la neurociencia estructural y fisiológica aquí revisada ha mostrado una replicabilidad más débil que las literaturas conductuales, de encuestas y experimentales. Esto es similar a la debilidad del episodio de replicación del efecto boomerang discutido en la Sección 17, más adelante. Estos deben leerse como sugerentes y no como mecanismos biológicos asentados. Segundo, esta investigación describe tendencias psicológicas a nivel poblacional y mecanismos situacionales de persuasión bajo amenaza. No constituye una afirmación de que alguna orientación política en particular sea inherentemente patológica, irracional o singularmente susceptible a la manipulación. Los mecanismos aquí revisados, como la sensibilidad a la amenaza, la ansiedad existencial, el razonamiento motivado y la cognición protectora de la identidad, se han documentado a lo largo de todo el espectro ideológico, en distintos contextos y hacia distintas figuras.