Un siglo después de que Lasswell y el programa de Yale estudiaran por primera vez la propaganda y la persuasión de forma sistemática, la psicología política continua poniendo a prueba y revisando la explicación de cómo se forman y cambian las actitudes políticas. Los paradigmas de siempre, como los modelos de doble proceso de la persuasión, el razonamiento político motivado y la tradición del establecimiento de agenda, el priming y el framing, siguen siendo la base conceptual del campo. Sin embargo, hoy se amplían con una atención más detallada a herramientas poco estudiadas en la formación de opinión, como las filtraciones estratégicas, las encuestas de opinión, la ciencia patrocinada, la radiodifusión internacional y el uso histórico de la antropología por parte de actores estatales y militares. También se amplían con una revisión empírica de hallazgos de gran impacto, desde el efecto boomerang hasta los correlatos de neuroimagen de la ideología política, que no han pasado la prueba de la replicación en sus formas más fuertes. Además, la llegada rápida de la IA generativa como tecnología de persuasión plantea preguntas sobre su eficacia en comparación con los comunicadores humanos. Todo esto parte de una explicación psicológica de por qué las figuras autoritarias y corruptas mantienen o incluso ganan apoyo a pesar de información que las desacredita, y de por qué sociedades enteras pueden mantener una memoria parcial o selectiva de la conducta de su propio Estado. No se trata de una falta de razonamiento, sino de una mezcla de sensibilidad a la amenaza, ansiedad existencial, razonamiento motivado que protege la identidad y desconexión moral, que actúa tanto a nivel individual como colectivo. El resultado es un campo que, con razón, sigue revisando preguntas de hace cien años sobre qué hace realmente persuasiva la comunicación política.