¿Están explotando la ignorancia del público, la falta de cultura mediática, o simplemente la estupidez? ¿O es un caso de desinformación intencional como propaganda para ciertos intereses?
Es casi con certeza una mezcla. Pero la mezcla no es aleatoria. Sigue una lógica estructural que puede analizarse con cierta precisión. La cuestión no es si los periodistas son “estúpidos” o si existe una conspiración, sino cómo interactúan la economía política de los medios, las rutinas profesionales, las limitaciones cognitivas y las vulnerabilidades de la audiencia para producir distorsiones sistemáticas que sirven a intereses dominantes, a menudo sin requerir intención consciente.
1. El modelo de propaganda como punto de partida
Manufacturing Consent (1988), de Edward Herman y Noam Chomsky, sigue siendo el marco indispensable. Identificaron cinco filtros por los que pasan las noticias antes de llegar al público:
- Propiedad: Los principales medios están en manos de grandes corporaciones con intereses en otros sectores.
- Financiación: Los ingresos publicitarios crean dependencia de los anunciantes, que son a su vez corporaciones.
- Fuentes: Los periodistas dependen en gran medida de fuentes oficiales —gobierno, militar, corporativo— para obtener información.
- Reacción negativa (flak): La retroalimentación negativa de grupos poderosos (demandas, boicots, presión gubernamental) disciplina la cobertura.
- Ideología: Una ideología predominante anticomunista (ahora antiterrorista, antiautoritaria o antipopulista) enmarca lo que es pensable.
Este modelo no requiere una conspiración. Describe restricciones estructurales que producen resultados favorables a los intereses dominantes. Las falacias documentadas en el artículo anterior —generalización apresurada, equivalencia falsa, fuentes anónimas, selección sesgada— no son desviaciones de este sistema; son su funcionamiento normal.
2. La cuestión de la intención: un espectro, no un binario
La “mezcla” se puede desglosar en mecanismos distintos, que van desde el engaño consciente hasta el sesgo inconsciente.
A. Desinformación intencional (propaganda propiamente dicha)
Esta es la difusión deliberada de información falsa o engañosa para servir a un interés específico. Los ejemplos incluyen:
- Propaganda estatal: Las afirmaciones de “armas de destrucción masiva” de la guerra de Irak, basadas en inteligencia fabricada, fueron amplificadas por medios importantes como The New York Times y The Washington Post. El reportaje de Judith Miller sobre las ADM iraquíes se demostró más tarde que se basaba en fuentes con intereses creados en la guerra. El Times publicó una rara disculpa reconociendo que su cobertura no fue “tan rigurosa como debería haber sido”.
- Propaganda corporativa: La campaña de décadas de la industria tabacalera para sembrar dudas sobre el vínculo entre el tabaquismo y el cáncer fue facilitada por medios que presentaban “ambos lados” de un consenso científico.
- Influencia de la comunidad de inteligencia: La Operación Mockingbird de la CIA, revelada en la década de 1970, involucró relaciones directas con periodistas. Aunque los programas formales terminaron, la práctica de incrustar periodistas con unidades militares, usar oficiales retirados como “analistas” y cultivar reporteros simpatizantes continúa.
En estos casos, las falacias son armas, desplegadas a sabiendas.
B. Propaganda estructural (el funcionamiento normal del sistema)
Aquí es donde la cuestión se vuelve más interesante. Aquí nadie necesita mentir conscientemente. Las falacias emergen de las prácticas rutinarias del periodismo:
- Periodismo de acceso: Para mantener el acceso a fuentes poderosas, los periodistas evitan informar sobre información que las alienaría. Esto produce un sesgo sistemático hacia las narrativas oficiales y lejos de las voces disidentes. La cobertura del Washington Post sobre Gaza, por ejemplo, depende en gran medida de fuentes militares israelíes mientras trata las fuentes palestinas con sospecha.
- La norma de “ambos lados”: El periodismo profesional equipara la objetividad con presentar dos puntos de vista opuestos. Cuando una visión está respaldada por evidencia abrumadora y la otra no, esto crea equivalencia falsa. El periodista no miente; sigue una norma profesional que produce distorsión.
- Presión de plazos y restricciones de recursos: El periodismo de investigación es caro y lleva tiempo. Reproducir declaraciones oficiales es barato y rápido. El resultado es un sistema que privilegia las fuentes oficiales y margina la investigación independiente.
- Incentivos profesionales: Los periodistas que desafían intereses poderosos enfrentan consecuencias profesionales: pérdida de acceso, negación de ascensos o despido. Quienes se conforman son recompensados. Esto crea un efecto de selección: las personas que ascienden a la prominencia en los medios mainstream son aquellas que han internalizado las restricciones del sistema.
En estos casos, las falacias son síntomas, no armas. Emergen del funcionamiento normal del sistema.
C. Sesgo cognitivo y error humano
Los periodistas no son inmunes a los sesgos cognitivos que afectan a todos los humanos:
- Sesgo de confirmación: La tendencia a buscar e interpretar información de manera que confirme creencias preexistentes. Un periodista que cree que Israel es una democracia que se defiende interpretará evidencia ambigua de manera diferente a uno que cree que es un estado de apartheid.
- Heurístico de disponibilidad: La tendencia a sobreestimar la importancia de la información que está fácilmente disponible. Una sola anécdota dramática —un niño llorando, un edificio en llamas— puede dominar la cobertura, incluso si no es representativa.
- Pensamiento de grupo: En redacciones con personal homogéneo y suposiciones compartidas, las opiniones disidentes se desalientan o ignoran. Esto produce cierre epistémico: la incapacidad de reconocer encuadres alternativos.
En estos casos, las falacias son errores, no estrategias. Pero son errores que favorecen sistemáticamente las narrativas dominantes porque las personas que los cometen están inmersas en un sistema que da forma a sus suposiciones.
D. Explotación de la audiencia
Este es el lado de la demanda de la ecuación. La falta de alfabetización mediática del público, sus limitaciones cognitivas y sus vulnerabilidades emocionales crean un mercado para narrativas simplistas y emocionalmente satisfactorias:
- Falta de cultura mediática: La mayoría de las personas no saben cómo evaluar las fuentes, distinguir noticias de opinión o reconocer el encuadre. Asumen que lo que aparece en The New York Times o The Guardian es verdad porque está en The New York Times o The Guardian.
- Sesgo de confirmación: Las audiencias gravitan hacia noticias que confirman sus creencias existentes. Los medios, impulsados por clics y suscripciones, satisfacen esta demanda produciendo contenido que refuerza en lugar de desafiar.
- Compromiso emocional: El miedo, la ira y la indignación impulsan el compromiso. Los medios que producen análisis calmados y matizados pierden audiencia frente a los que producen contenido sensacionalista y emocionalmente cargado. Esto crea un incentivo estructural para las falacias que generan compromiso.
- Confianza en la autoridad: La confianza del público en los medios mainstream, aunque disminuye, sigue siendo sustancial. Esta confianza es explotada por medios que presentan propaganda como información objetiva.
En este caso, las falacias son productos de la interacción entre la oferta mediática y la demanda de la audiencia.
3. La síntesis: un sistema de distorsión
La respuesta más precisa es que los cuatro mecanismos operan simultáneamente y se refuerzan mutuamente:
| Mecanismo | Nivel | Intención | Ejemplo |
| Desinformación intencional | Élite/estado | Consciente | Afirmaciones de ADM en Irak |
| Propaganda estructural | Institucional | Inconsciente/sistémico | Falso equilibrio sobre el clima |
| Sesgo cognitivo | Individual | Inconsciente | Sesgo de confirmación en las fuentes |
| Explotación de la audiencia | Mercado | Mixta | Artículos de tendencia sensacionalistas |
La idea clave es que no se necesita una conspiración para producir propaganda. Solo se necesita un sistema en el que:
- Los medios estén en manos de corporaciones con intereses en mantener el statu quo.
- Los periodistas dependan de fuentes oficiales para obtener información.
- Las normas profesionales equiparen “equilibrio” con objetividad.
- Las audiencias recompensen el sensacionalismo y la confirmación.
- Las voces disidentes sean marginadas o excluidas.
Bajo estas condiciones, las falacias documentadas en el artículo anterior emergen naturalmente. No son aberraciones; son el estado de equilibrio del sistema.
4. La cuestión de la “estupidez”
La hipótesis de la “estupidez” es la explicación más débil. Los periodistas de The New York Times, The Guardian y The Washington Post son generalmente inteligentes, bien educados y profesionalmente competentes. Los errores que cometen son sistemáticos, no aleatorios. La estupidez aleatoria produciría errores aleatorios. Los errores sistemáticos —que siempre favorecen a los mismos intereses— requieren una explicación diferente.
Esa explicación es estructural: el sistema produce estos resultados independientemente de la inteligencia o las intenciones de los individuos dentro de él. Un periodista brillante que trabaje dentro de las restricciones de los medios corporativos producirá un trabajo que está distorsionado de maneras predecibles. Un periodista menos brillante que trabaje dentro de las mismas restricciones producirá un trabajo distorsionado de las mismas maneras. La inteligencia del individuo es en gran medida irrelevante.
5. Conclusión: propaganda sin propagandistas
La propaganda más sofisticada no es producto de una conspiración. Es producto de un sistema que fabrica consentimiento a través del funcionamiento normal de sus instituciones. Las falacias en los medios mainstream no son principalmente el resultado de la estupidez o el engaño consciente. Son el resultado de:
- Restricciones estructurales que privilegian las narrativas oficiales y marginan la disidencia.
- Rutinas profesionales que equiparan equilibrio con objetividad y anécdota con evidencia.
- Sesgos cognitivos que dan forma a lo que los periodistas ven y cómo lo interpretan.
- Incentivos de mercado que recompensan el sensacionalismo y la confirmación por encima de la precisión y los matices.
La ignorancia y la falta de cultura mediática del público no son la causa de estas falacias; son la condición que les permite operar. Un público alfabetizado mediáticamente exigiría algo mejor. Un público que confía en la autoridad, no.
Es por esto que la cuestión de la alfabetización mediática no es meramente educativa sino política. Enseñar a las personas a reconocer las falacias es darles las herramientas para resistir la propaganda. Negarles esas herramientas es dejarlos vulnerables al funcionamiento normal del sistema, un sistema que fabrica consentimiento para los intereses dominantes sin que nadie necesite conspirar.
Las falacias están ahí. Son sutiles. Y sirven al poder. Ya sean intencionales o estructurales, el efecto es el mismo: el público es engañado y los intereses de los poderosos son servidos.
Referencias
Chomsky, Noam, and Edward S. Herman. Manufacturing Consent: The Political Economy of the Mass Media. New York: Pantheon Books, 1988. https://books.google.com.sg/books?id=18IWX4hxHNUC
Herman, Edward S., and Noam Chomsky. Manufacturing Consent. 1988.
Miller, Judith. “My Iraq WMD Reporting.” The New York Times, May 26, 2004. https://www.nytimes.com
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Pew Research Center. “Public Trust in Government: 1958–2025.” 2025. https://www.pewresearch.org
Stroud, Natalie Jomini. Niche News: The Politics of News Choice. New York: Oxford University Press, 2011.
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Vosoughi, Soroush, Deb Roy, and Sinan Aral. “The Spread of True and False News Online.” Science, vol. 359, no. 6380, 2018, pp. 1146–1151. https://www.science.
